Hoy lo enterré.
Fue complicado porque cumplir sus deseos
siempre lo ha sido. La casa me parece vacía y silenciosa. Así que pongo música
y me tumbo en el sofá con una mantita. Me hacen falta chocolates, pero no ha
quedado ni uno. Así que me hago bolita. Cierro los ojos. Siento como mi perra
se sube a mis piernas. Y me quedo dormida.
Me despierta el ronroneo de Gato cuando pide el desayuno.
Dormí toda la tarde, la noche y parte de la mañana. Siempre es lo mismo cuando
estoy deprimida. Aunque su ronroneo me ayuda a sentirme mejor, menos sola, más
como parte de una familia.
He redecorado la casa.
Quizá así lo recuerde menos. Claro
que Gato decidió que no hay redecoración completa sin su presencia, por lo que
se dedicó a poner patitas en gran parte de la pintura fresca. No he querido
borrarlas. Son un buen decorado, muy hipster el asunto. Y lo hizo con toda la
parsimonia del mundo, como si eligiera el lugar exacto dónde ponerlas. Al final
ha quedado un collage de huellas como muy a propósito.
Gato siempre ha sido tranquilo y amoroso, como un perro
independiente. Se dedica a llenar mi mundo. Me permite compartir su espacio. Es
elegante, astuto, inteligente. Y pasa todo el día molestando a mi perra. A
veces desaparece, pero siempre vuelve con cara de habérsela pasado en grande en
algún lugar perdido.
Ha pasado ya una semana.
He visitado su tumba, bajo el gran
árbol. Qué lío fue poder enterrarlo ahí. Alrededor han aparecido flores,
blancas con lila, que exhalan un aroma delicioso. Mi perra ha pegado el hocico
en la tierra. Ella también lo extraña.
A pesar de todo la casa sigue sintiéndose sola. Nadie me
sorprende a la vuelta de la puerta. No me atrapa de pronto en medio de mis
pasos. Las noches de películas no están completas sin el interrogante de su
mirada sobre la pantalla. Pía, mi perra, me sigue a todas partes. Desde que él
se fue se ha tornado miedosa y necesitada. A ratos la sorprendo trepada en el
sillón, con la cara pegada a la ventana. Seguro lo está esperando, tal vez
nunca se canse de hacerlo.
Así ha pasado un largo año.
En los últimos días Gato ha estado de lo más indiferente. Ya
no ronronea por las noches, no se afila las uñas en mis piernas mientras estoy
dormida. Cada día sus ausencias son más largas. Anda huraño y enojado. Pero
todavía me consuela en mis depresiones. Es más efectivo en eso que Pía. Ella lo
intenta, pero no es lo mismo. En cambio Gato sabe exactamente qué hacer para
consolarme.
Hoy por fin ha sido el tiempo.
Sé que debo dejarlo ir de una
vez por todas. Esta vez voy sola a visitar su tumba. Me quedo allí largo rato
hablando con su sombra. He tenido que decirle que ya no debe cuidarme. Estoy bien, puedes descansar
en paz.
El viento mueve las florecillas lilas que han vuelto a florecer
alrededor de su tumba y pareciera que me observan. De pronto son como sus ojos
mirándome fijamente como a la pantalla cuando veíamos películas. Está enojado.
Acaricio la tierra donde reposa. Es necesario, es necesario que dejes de venir
a visitarme. Cada uno debe seguir su camino. Y mis nervios ya no soportan tu
presencia en la casa. No es sano. Debes irte. Es tiempo de que descanses. Casi
puedo jurar que la tierra bajo mi mano palpita suavemente. Sé que lo entiende.
Siempre fue muy inteligente.
Regreso a la casa. Pía ha tomado su lugar en la ventana.
Seguro espera que regrese, como siempre. Le acaricio la cabeza –Ya no preciosa.
Gato ya no regresará nunca a esta casa.
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