Estoy sentada frente a la nada, la más sutil e indiferente
de las cosas.
No encuentro mi voz.
Estaba siempre ahí cual merolico vendedor, interrumpiendo
todo, desarmonizando.
Era implacable, insistente, ridícula. Y era mía.
Entonces la odié. Busqué todos los medios para callarla.
Técnicas orientales y occidentales, de la Nueva Era y la escuela clásica. Pero
ella no se iba. Cual molesto mosquito impertinente aparecía en los momentos más
inoportunos. Y entonces tenía que sacarla de alguna manera, escribía o pintaba
o creaba algo. Sólo para que callara por
unos momentos. En ocasiones no me dejaba dormir, en otras no podía comer.
Existir era un dolor permanente. Mi cabeza estallaba casi todos los días.
Intenté tanto y por tanto tiempo, que cuando la perdí no me di cuenta.
No necesite meditar, ni arrebatarme, ni poner mi mente en
blanco. Ni la neurolingüística, ni los medicamentos, ni las terapias me
sirvieron. Es curioso, sólo necesité plantarme en el mundo con la firme convicción
de subsistir. Esa rutina cansina que todos viven funcionó. Despertador a las 5
am. Arreglo y desayuno en media hora. Enfrentarme al tráfico. Trabajar más de
ocho horas siempre en lo mismo. Media hora para comer. Regresar a casa, ver la
tele, navegar un rato, tener un perro. Todo de lunes a sábado. Con la
diferencia que el sábado salía ¿A qué? Todos los sábados era lo mismo, el mismo
antro, los mismos chistes, las mismas personas. Todos los domingos igual. Así
durante siete largos años.
Una maldición.
Estallé. Terminé con todo. Y me quedé en blanco.
Así la empecé a
extrañar. Comencé a buscarla. Me quedé muda. Se ha ido. No me persigue más
rebelándose a todo. No me cuenta de mundos imaginarios. No llora. No ríe.
Ha muerto.
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