miércoles, 2 de marzo de 2016

Anatema



Estoy sentada frente a la nada, la más sutil e indiferente de las cosas. 

No encuentro mi voz. 

Estaba siempre ahí cual merolico vendedor, interrumpiendo todo, desarmonizando.

Era implacable, insistente, ridícula. Y era mía.

Entonces la odié. Busqué todos los medios para callarla. Técnicas orientales y occidentales, de la Nueva Era y la escuela clásica. Pero ella no se iba. Cual molesto mosquito impertinente aparecía en los momentos más inoportunos. Y entonces tenía que sacarla de alguna manera, escribía o pintaba o creaba algo.  Sólo para que callara por unos momentos. En ocasiones no me dejaba dormir, en otras no podía comer. Existir era un dolor permanente. Mi cabeza estallaba casi todos los días. Intenté tanto y por tanto tiempo, que cuando la perdí no me di cuenta.

No necesite meditar, ni arrebatarme, ni poner mi mente en blanco. Ni la neurolingüística, ni los medicamentos, ni las terapias me sirvieron. Es curioso, sólo necesité plantarme en el mundo con la firme convicción de subsistir. Esa rutina cansina que todos viven funcionó. Despertador a las 5 am. Arreglo y desayuno en media hora. Enfrentarme al tráfico. Trabajar más de ocho horas siempre en lo mismo. Media hora para comer. Regresar a casa, ver la tele, navegar un rato, tener un perro. Todo de lunes a sábado. Con la diferencia que el sábado salía ¿A qué? Todos los sábados era lo mismo, el mismo antro, los mismos chistes, las mismas personas. Todos los domingos igual. Así durante siete largos años.

Una maldición.

Estallé. Terminé con todo. Y me quedé en blanco.

Así la empecé a extrañar. Comencé a buscarla. Me quedé muda. Se ha ido. No me persigue más rebelándose a todo. No me cuenta de mundos imaginarios. No llora. No ríe.

Ha muerto.

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