Todo comenzó con eso, un detalle
banal, nimio, que no hubiera notado en condiciones normales. Ese día no era
ordinario, desde que amaneció, la pertinaz llovizna trajo consigo una serie de
situaciones que no se presentaban normalmente en mi vida: mi padre había muerto
en la madrugada. Mi madre corría a refugiarse en mi casa. Mis hermanos entraban
y salín arreglando los detalles legales del funeral, hablando por teléfono a
familiares y amigos, organizando todo. Mi familia era experta en eso, en
organizar funerales. Mi universo unipersonal estaba en caos.
¿Qué hacían todos en mi casa?
¿Por qué decidieron que mi morada era el mejor lugar para estas cosas? Ni caso
tenía preguntarles, me ignorarían como lo habían hecho por siempre, como si
fuera sólo una sombra molesta y estorbosa en su organizada vida que, sin
embargo, era necesaria para su existencia.
Ahí fue cuando lo noté. Me
pidieron el platón hondo, grande, de plata, que mi madre había recibido como
regalo de bodas, lo pondrían como centro de mesa para la cena. Así que me
encaramé en la escalera para llegar a la parte más alta de la estantería (¿Por
qué diablos hacían alacenas de casi dos metros de altura en un país donde la
población normal rara vez supera el 1,60?) y, justo ahí arriba, junto al famoso
platón estaba la marca.
Nadie subía ahí. No tenía gatos,
ni pájaros, ni ningún tipo de mascota. No eran huellas de animal por otra
parte, era más indefinido, como un montón de puntos formando un patrón de… de…
¿Una hoja?
-¿Podrías apurarte inútil?- Me
interrumpió mi hermana con su habitual forma “cariñosa” de dirigirse a mi
persona.
-Ya voy, no quiero que el platón
te caiga en la cabezota.
Le entregué el platón y fui a
hacerme cargo de otras cosas. No entiendo todavía cómo siempre pasa lo mismo,
mis hermanos organizan, mi madre llora y yo termino haciéndolo todo: recibir a
los dolientes, ir a comprar los bocadillos, preparar el café, arreglar la casa,
pagar el funeral. ¿En qué momento es que estos me engatusan para que termine
siendo el banco familiar? Ya decía que no vienen a hacer todo el fandango a mi
casa porque sí, a veces siento que es lo único que necesitan de mí, el dinero y
mi capacidad multitarea.
Igual en eso se me hubiera ido
toda la noche, en pensar cómo es que me usan y me desechan con tanta facilidad,
si no fuera porque la maldita marca en el polvo no dejaba de molestarme. Estaba
segura que conocía ese patrón de alguna parte. No era la primera vez que lo
veía. Y luego el asunto de cómo había ido a dar ahí. Es decir, no se hacen
marcas en el polvo al azar, no había goteras, ni ventanas, nada que hubiera
podido dejar esas huellas.
Fue cuando me entró la obsesión.
Quizá porque la casa estaba llena de personas por las que no sentía nada en
absoluto, a lo mejor porque comenzaba a sentirme asfixiada y sabía que el
tormento no terminaría pronto. O fue simplemente que mi obsesión le ganó a todo
viso de prudencia en mi persona. El chiste es que comencé a buscar por todos
lados el patrón que acababa de observar en la parte superior de mi alacena,
allí donde se supone que sólo puede existir polvo.
Me encaramé de nuevo en la
escalera para revisar centímetro a centímetro el dichoso mueble organizador de
trastes, pero no encontré nada. Lo hice con mucho cuidado, pues no quería
borrar la marca encontrada. Luego fui a las recámaras, siempre escalera en
mano, buscando en las partes altas donde estaba segura que tenía meses que no
había sacudido ni por equivocación. Nada en la primera, nada en la segunda. Fui
a la tercera que me servía de biblioteca. Y allí, justo arriba de mis adorados
libros (lo único en la casa que siempre está libre de polvo), en la parte más
alta de mis cuatro libreros, estaban las mismas marcas que acababa de encontrar
en mi hornacina.
El patrón era constante, una
línea de tres puntos en el medio, dispuesta en diagonal, con otros cuatro
puntos en línea curva flanqueando ambos lados. Comencé a medir el diámetro de
los puntos, no más de un milímetro. Definitivamente no podían ser dedos y
seguía sintiendo que conocía ese patrón de alguna parte.
Decidí que no era normal, que lo
que sea que estaba dejando esas marcas por toda mi casa no era normal, no podía
serlo. Si fuera al menos un poco condescendiente me inclinaría a pensar en mi
padre muerto. Pero ni mi padre perdería el tiempo así, ni estaría dispuesta a
creer semejante cosa. Con que hubiera existido una vez en el mundo era
suficiente, no podía, no quería imaginar que una persona como él podía seguir
por allí deambulando como espíritu o energía. Qué horror.
Además, esto era muy sutil y mi
padre era el maestro de lo burdo. No, esto, si acaso era producto humano, tenía
todas las características de estar hecho por alguien de espíritu exquisito. Más
afín a mi persona. Las marcas habían sido dispuestas en lugares específicos, no
en cualquier parte. Estaban en mi cocina y en mis libros.
Un momento, me detuve a pensar.
La primera marca estaba junto al platón. Siempre amé ese platón. No sólo por su
tamaño, sino por el fino detalle de sus orlas, era un trabajo artístico del
siglo XVIII en plata pura. El platón en sí era grande, pesado, hondo. Tenía
alrededor una filigrana entrelazada formando una especie de raíz de singular
simetría. Había formado parte de toda una vajilla que terminó empeñada para
pagar el tren de vida que mis padres y hermanos tenían. Lo único que pude
salvar fue ese platón.
Una historia de generaciones
había quedado condensada en ese simple utensilio de cocina. Mi abuela se
hubiera vuelto a morir de saber dónde terminó el regalo de bodas que le dio a
mi madre. Esa vajilla había pasado de generación en generación durante siglos.
Hasta que cayó en manos de un montón de dilapidadores de fortunas.
Lo había salvado porque era para
mí una especie de conexión con mis ancestros, como un amuleto o mantra. Así que
algo tenía que significar que la primera marca en el polvo estuviera justo
allí, junto al platón, como señalando algo.
Las siguientes marcas aparecieron
en mi biblioteca, los tres grandes libreros eran también una herencia, como lo
era toda la casa. Algo que mi familia jamás me había perdonado. Cuando mi
abuela murió, todos pensaron que heredarían algo de la fortuna familiar que
jamás pasó a manos de mi madre –a pesar de ser hija única–, mis abuelos nunca
confiaron en mi padre y fue lo mejor en realidad. Así que cuando mi abuela me
nombró única heredera de todas sus posesiones, nadie me lo perdonó.
He pasado gran parte de mi vida
cuidando la herencia de mi abuela, no por el dinero en sí mismo que a veces
pareciera que se cuida solo, pues los negocios siempre van muy bien; sino por
el legado que significa. La casa de los abuelos era una vieja mansión señorial
en la que ahora pasaba la mayor parte de mi tiempo, los muebles –casi todos
verdaderas reliquias–, las pinturas, los libros, todo hablaba de arte, mis
ancestros fueron grandes mecenas de diversos artistas que terminaron siendo
famosos. Las historias que todo ello encerraba, eso era lo que amaba a
diferencia de mi familia, cuyo único sueño era seguir llevando vida de mirreyes
sin preocupaciones, cosa que cada vez les resultaba más difícil pues los
negocios de mi padre fallaban uno tras otro.
Sinceramente, ahora me preguntaba
cómo comenzarían a chantajearme para que los ayudara a salir de sus constantes
deudas. Tendría que escudarme tras mis abogados, como lo hacía invariablemente,
porque a mí siempre lograban convencerme.
Ay, las preocupaciones de este
mundo persistentemente lograban distraerme de mis ensoñaciones fantasiosas.
Pero las marcas en el polvo lograban hacerme volver a pensar en ellas. Estar
sobre los libreros, del siglo XV, divinamente
tallados, incluso rematados con gárgolas los dos laterales, no podía ser una
coincidencia simple. Tenía que significar algo. Esos libreros los hice traer a
mi casa –no vivía en la mansión de los
abuelos pues la había convertido en museo y centro de arte–, sólo para
admirarlos, para poder guardar en ellos mis libros y que éstos olieran a viejo,
a preciada antigüedad, a historia por descubrir.
Me quedé sentada en mi diván de
lectura imaginando que las huellas las había hecho un hada del bosque o, mejor
aún, un ángel extraviado y cautivado por mi belleza. Afuera todo seguía
desarrollándose de acuerdo al guión social aceptado. Mi madre escondida tras
las gafas oscuras y con rictus de dolor. Mis hermanos con el gesto serio y mi
hermana con los ojos llorosos como si la pérdida de nuestro padre significara
para ellos algo verdaderamente importante. No quise salir, todos lo
interpretaron como muestra de dolor. Bien por ellos, sería muy difícil
explicarles que, en realidad, me tenía sin cuidado.
Por otra parte, mis
elucubraciones comenzaron a llevarme por derroteros cada vez más
extraordinarios. Ahora estaba luchando por salvar al mundo de una terrible
secta que conspiraba para aniquilarlo y las marcas en el polvo eran la clave
para ello. Después pasé a vivir una tórrida historia de amor con el espíritu de
un bello caballero atrapado entre la madera de mis libreros por la maldición de
una bruja malvada, las marcas en el polvo me ayudarían a descifrar el hechizo
que se necesitaba para liberarlo.
Seguí así por horas, hasta que un
toque en mi puerta me distrajo de mis fantasías.
–Entre – dije sin mucha
convicción.
–Disculpe la intromisión
señorita, pero los invitados la esperan – dijo una voz totalmente desconocida
para mí. Volví a ver a mi interlocutor. Seguro seguía soñando, era un tipo
alto, ya entrado en años, que vestía una levita, calculé de mediados del siglo
XIX, y que parecía concederme todo tipo de deferencias. Debió haber notado mi
cara de pasmada porque inmediatamente me preguntó:
–¿La señorita se siente
indispuesta? ¿Desea que la excuse con sus invitados? –, me pareció lo más
razonable del mundo, porque comenzaba a dudar de mi cordura y no quería hacer
el ridículo delante de quién sabe qué personas. Así que me limité a asentir y
mover displicentemente la mano para indicarle a “Largo” (mi influencia
televisiva me traicionaba) que se podía retirar.
Decidí pellizcarme, porque la
intromisión del anterior personaje me sobresaltó y pensé que seguro estaba
dormida, pero no, el pellizco me dolió y no me hizo despertarme. Me asomé a la
ventana y afuera estaban los autos de los familiares y amigos que acompañaban
el velorio, y gente de negro que iba y venía. ¿Me habría imaginado al tipo
éste?
Salí de la biblioteca con el
objetivo de despejar mi cabecita loca. Pero me arrepentí en el acto. Nada más
poner un pie fuera significó una avalancha de “lo siento” bastante hipócrita
pero muy bien fingida. Mi aturdimiento era notorio, pero todo el mundo lo
achacaba a la “difícil situación” que estaba enfrentando. Seguí caminado hasta
lograr llegar al jardín trasero.
Ahí fue cuando la vi de nuevo. La
misma marca que había visto en el polvo. Con razón se me hacía conocida. Antes
de explicar lo que significaba debo aclarar que si bien, no vivía en la mansión
de mis abuelos, sí lo hacía en la pequeña casa adjunta, que en otros tiempos
había sido destinada a la servidumbre. Estar cerca me permitía administrar el
museo en que había convertido la mansión de una manera más efectiva, estar al
tanto de cualquier detalle y vivir holgadamente.
Pues bien, mi casa se conectaba
con la mansión de dos maneras, por la amplia avenida principal, que era por
donde generalmente caminaba, o bien, por el jardín trasero que iba a dar,
precisamente al invernadero de la mansión que estaba junto a lo que antes fuera
la cocina. Nunca usaba esa entrada porque estaba cercada y la única manera de
entrar era a través de la reja, eternamente cerrada con uno de esos candados
viejos y herrumbrosos.
La marca que había visto
constantemente en todos esos lugares polvosos de mi casa era del candado que
cerraba la verja. Por eso se me hacía tan conocido. Había pasado días enteros
de mi niñez observando ese candado, pensando en las mil posibilidades que
podían existir si lograba abrirlo. Pero la llave estaba perdida y abrirlo
habría significado romperlo. Jamás haría tal cosa.
Caminé hasta el candado y comencé
a acariciarlo pensando distraídamente en lo que podía significar que su huella
estuviera por toda mi casa. Sin pensarlo siquiera me llevé la mano al bolsillo
de mi amplia falda. El ademán hizo que me estremeciera y soltara el candado de
golpe. No llevaba falda, no usaba nunca semejante prenda de ropa. Me hacía
sentir vulnerable, sólo vestía pantalones. Justo en ese momento llevaba uno de
vestir negro que hacía juego perfecto con la blusa plateada y el saco negro
también.
Confundida voltee a verme y
efectivamente llevaba mi traje negro con blusa plata. Al observarme de abajo a
arriba vi mi mano, aferraba algo pequeño y frío. Lentamente, como si me fuera
una mano totalmente ajena la abrí. Allí, en mi palma refulgía una llave curiosa
por lo delgada que era. El siguiente acto fue totalmente lógico dadas las
circunstancias. Introduje la llave y abrí la verja.
Atravesar el portal fue entrar a
otro mundo, y no estoy usando lenguaje figurativo. Efectivamente entré a otro
mundo. Ante mí estaba el invernadero lleno de flores y plantas –como hacía
mucho que no estaba– y de la cocina salían muchachas con curiosos vestidos de
otra época. Todas apuradas y gráciles, algunas con palanganas, otras con cestas
en la cabeza. Me quedé por un momento observando el bucólico cuadro hasta que
una voz gruesa me gritó:
–¡Isaura! ¿Dónde te habías
metido? Ven conmigo ahora mismo –. Me sobresalte y respondí bastante
sorprendida de lo que decía –Ahora mismo voy madre.
Jamás le había hablado así a
nadie, ni siquiera a mi madre, a ella siempre le dije por su nombre. Y esta
mujer me era por completo desconocida y mi nombre no era Isaura, pero el tono
de su voz fue perentorio, por lo que la seguí de manera apremiante. Sólo que al
dar los primeros pasos mis pies tropezaron con mi falda larga y estorbosa y
terminé en el suelo.
–Pero qué torpe te has vuelto.
Levántate ahora mismo y ve a cambiarte. No te has dignado presentarte en la
fiesta en todo el día ¡Y es en tu honor! Semejante descortesía no podía
esperarla de una hija mía. Así que deja ya los pretextos de tu indisposición,
arréglate y ve siquiera a agradecer a los invitados que se hayan tomado la
molestia de venir a presentarte sus respetos.
–Sí madre– repetí mientras una de
las muchachas me ayudaba a levantarme y prácticamente me arrastraba dentro de
la casa. Me llevó a lo largo de pasillos ocultos de la vista de los invitados
hasta lo que supuse era mi recámara. Una vez allí procedió a desvestirme junto
con otras chicas. Me limpiaron con paños húmedos, me pusieron mil trapos
encima, peinaron elaboradamente mi pelo y polvearon con algo perfumado mi
cuello. Todo en cuestión de minutos. Luego, siempre sin mirarme a los ojos me
indicaron que estaba lista. Agradecí con una sonrisa y la misma mujer que me
había llevado hasta la recámara corrió a llevarme ahora al salón.
Nunca había presenciado tal
derroche de elegancia, hasta un tanto exagerada para mi gusto simple y
sencillo. Apenas me aparecí en el salón y todos comenzaron a aplaudir hasta que
sonreí inclinando la cabeza. Luego comenzaron a aturdirme, tal como habían
hecho los dolientes en el funeral de mi padre. Sólo que aquí me dedicaban toda
clase de parabienes, igual de fingidos que los sentidos pésames que había
recibido apenas unos momentos antes.
Debo decir que me era mucho más
fácil estar en la fiesta que en el velorio, quizá porque aquí no estaba
fingiendo la felicidad que mostraba. Me hallaba desconcertada del giro que
habían tomado los acontecimientos, pero sin duda estaba feliz. Todo era nuevo,
desconocido y agradable. Todos me trataban con delicada deferencia, algo que no
había conocido jamás en mi vida de rica heredera, en la que, aunque muchos me
obedecían, en realidad todos me despreciaban. Nadie consideraba que tuviera ni
la capacidad ni la gracia necesaria para sustituir a mi abuela.
Aquí todo era diferente. Incluso
mi manera de comportarme y moverme era distinta, con una elegancia natural que
salía de no sé dónde. Todos mis movimientos eran automáticos, respuestas a
estímulos aprendidos e interiorizados hasta el cansancio, hasta hacerlos
parecer espontáneos y gráciles cuando en realidad eran calculados y fríos.
Estuve un buen rato en la fiesta dando gusto a los invitados y a mi madre que me
observaba desde lejos con una sonrisa perfecta. Después me excusé y me retiré a
mis habitaciones.
Al menos eso dije, pero en
realidad volví a la cocina y de allí a la dichosa verja. En todo el tiempo no
había perdido la llave que llevaba conmigo como valioso tesoro. El candado
volvía a estar cerrado a pesar de que estaba segura que lo había dejado
abierto, así que de nuevo lo abrí y atravesé al otro lado.
La magia se repitió a la inversa.
Estaba de nuevo en mi frío e insensible mundo, extrañando de pronto mi amplia y
hermosa falda plisada que había sido del gusto de todos mis invitados. Debí
haberme ausentado bastante porque ya estaba oscuro y la casa se oía
silenciosamente sola. Agradecí por eso.
Me sentía cansada después de un
extraño día, sólo quería ducharme y tirarme a dormir en mi rica y mullida cama.
En la cocina las amigas de mi madre estaban recogiéndolo todo. Llegué justo a
tiempo para evitar que lavaran mi hermoso platón con una fibra metálica.
Habrase visto semejante estupidez, hubieran echado a perder por completo su
brillo pulido con esmero. Con una sonrisa agradecí sus atenciones e hice que se
largaran al instante. Quería estar sola.
Había algo que no dejaba de darme
vueltas en la cabeza, subí a mi recámara y corrí a buscar las cajas que
guardaba con fotografías y daguerrotipos de la familia, eran de 1852. Busqué
con ansia perentoria, casi inhumana entre las cubiertas plásticas que los
protegían de cualquier daño y, por fin, en un daguerrotipo amarillento por el
tiempo la encontré: una foto de la abuela de mi abuela el día de su boda. ¡Era
ella!, bueno, yo … era Isaura enfundada en el vestido de novia más hermoso que
he visto y con el rostro más triste del mundo. Un hombre maduro y de semblante
hosco estaba a su lado, el abuelo de mi abuela.
La impresión me dejó cavilando el
resto de la noche, serían aproximadamente las tres de la mañana cuando el sueño
me venció. No recuerdo qué soñé exactamente, pero hay algo que ha quedado desde
entonces en mi memoria, una voz y una frase que me persigue y me obliga a ser
feliz, a no dejarme derrotar por la estupidez familiar, a imponer mi voluntad
sobre la de aquellos que sólo desean mi dinero. Es la voz de Isaura repitiendo
constantemente “nunca te permitas convertirte en una marca más en el polvo”.

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