miércoles, 7 de marzo de 2018

Chiras pelas




Todo inició aquella Navidad que mi abuelo me regaló su primera bolsa de canicas, las había guardado como un tesoro desde que era niño y ahora pasaban a mí, no a mi padre, sino a mí. Debo confesar que sentí orgullo. Esa Navidad aprendí a jugar y comprendí porqué no se las había dado a mi padre, no había manera que él lograra pegarle a una canica, aunque la tuviera a un milímetro de distancia.

Al regresar al colegio comencé mi colección, era bastante sencillo ganarle a los chicos de la clase, aunque al principio no me querían dejar jugar, pero los fui convenciendo a algunos y obligando a otros, es increíble lo que el orgullo puede hacer, un simple –¿tienes miedo? –resultaba suficiente para convencer al más reacio.


Así me convertí en leyenda. 


No había quién pudiera ganarme y, como siempre la apuesta eran canicas, comencé a guardarlas en botes en mi cuarto. Las tenía separadas por tipos: bombochas, tiritos, ágatas, agüitas, tenía de todas y eran muchas, cada vez eran más. A mi madre no le hacía gracia, así que dejó de limpiar mi cuarto y me dijo –Con que canicas ¿no? Pues desde ahora te encargas de tus cosas a ver si aprendes algo más productivo– Había cierto desdén en su voz, –pura envidia–, pensé.


Debo reconocer que acumulaba en exceso, pero se había vuelto una especie de obsesión, tenía que ganarle a cada niño de la escuela y del vecindario, sólo podía pensar en ganar más y más canicas. No me gustaba comprarlas, debía arrebatarlas a sus dueños y ver cómo se iban lanzando maldiciones a sus casas. 


–¡Trampa! Esa cuarta estuvo bien grandota, así no vale.

–Sí vale, qué, yo que culpa de tener manos grandes, no seas chillón y paga, chilletas, paga.


Esos eran diálogos habituales. Hasta el día que llegó Rubén.


Rubén era un mocosillo desgarbado que llegó a vivir a la casa de enfrente, resultó bueno para las canicas. Seguido empatábamos, fue el único que llegó a ganarme y eso para mí se sintió como ácido, como vacío. Nadie me arrebataba mis canicas, eran mías y tenía que ganarles a todos. Claro que cuando yo le ganaba volvía esa sensación de grandeza, como si perteneciera a una estirpe ganadora, sentía como un mareo y todos parecían pequeñitos e insignificantes.


Un buen día, Rubén apareció con una canica dorada, jamás había visto algo como aquello, del tamaño de un tirito, pero no era transparente, sino dorado con brillo dentro, como si llevara galaxias de hojas secas. Esa canica tenía que ser mía. Reté a Rubén por ella inmediatamente, pero el muy cobarde dijo que no. Le dije de todo: gallina, quejicas, nene de mamá… absolutamente nada funcionaba.


–Esta canica me la regaló mi papá, no me la juego por nada del mundo.

–No te la juegas por mariquita.

–Botellita de jerez, y no me la juego.

–Botellita de vinagre baboso, tienes miedo de perderla.


Rubén ya no me contestó, sólo se rio bien fuerte y se largó a su casa. Estuve siguiéndolo varios días. Iba a verlo a su casa, le mandaba recados. Los de la cuadra comenzaron a burlarse, me decían de cosas. No entendían simplemente que necesitaba esa canica, no importaba cuántas tuviera, no tenía esa y quería esa y haría lo que fuera por tenerla.


La idea cruzó por mi mente cuando me miraba al espejo. 


Cité a Rubén en el parque esa noche, le dije que debía ir solo y llevar su canica para que de una vez por todas fuera mía. La verdad no pensé que se apareciera, creí que me iba a ignorar como las demás veces, pero no, ahí estaba con su cara pecosa y sus dientes chuecos. Cuando lo vi parado comencé a arrepentirme. Casi me doy media vuelta para irme, pero sacó la canica, maldita canica dorada, en serio debía tenerla.


–Aquí la traje ¿a poco quieres apostarla ahorita en la noche?

–Podríamos hacer un juego ahí bajo el candil, traigo una bolsa de mis especiales. Todas contra tu canica.

–Ya te dije que no me la juego, es muy importante.

–¿Entonces a que viniste? ¿A burlarte?

–No– dijo muy serio y se me quedó viendo fijamente. No tenía que decírmelo, había adivinado lo que quería desde que se rio de mí la otra tarde, pero me negaba a aceptarlo. También lo miré fijamente y apreté los puños.

–Cuando quieras– le dije con el tono más envalentonado que encontré y sonreí, esa canica iba a ser mía.

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