Todo inició
aquella Navidad que mi abuelo me regaló su primera bolsa de canicas, las había
guardado como un tesoro desde que era niño y ahora pasaban a mí, no a mi padre,
sino a mí. Debo confesar que sentí orgullo. Esa Navidad aprendí a jugar y
comprendí porqué no se las había dado a mi padre, no había manera que él
lograra pegarle a una canica, aunque la tuviera a un milímetro de distancia.
Al regresar al
colegio comencé mi colección, era bastante sencillo ganarle a los chicos de la
clase, aunque al principio no me querían dejar jugar, pero los fui convenciendo
a algunos y obligando a otros, es increíble lo que el orgullo puede hacer, un
simple –¿tienes miedo? –resultaba suficiente para convencer al más reacio.
Así me convertí
en leyenda.
No había quién
pudiera ganarme y, como siempre la apuesta eran canicas, comencé a guardarlas en
botes en mi cuarto. Las tenía separadas por tipos: bombochas, tiritos, ágatas, agüitas,
tenía de todas y eran muchas, cada vez eran más. A mi madre no le hacía gracia,
así que dejó de limpiar mi cuarto y me dijo –Con que canicas ¿no? Pues desde
ahora te encargas de tus cosas a ver si aprendes algo más productivo– Había
cierto desdén en su voz, –pura envidia–, pensé.
Debo reconocer
que acumulaba en exceso, pero se había vuelto una especie de obsesión, tenía
que ganarle a cada niño de la escuela y del vecindario, sólo podía pensar en
ganar más y más canicas. No me gustaba comprarlas, debía arrebatarlas a sus
dueños y ver cómo se iban lanzando maldiciones a sus casas.
–¡Trampa! Esa
cuarta estuvo bien grandota, así no vale.
–Sí vale, qué,
yo que culpa de tener manos grandes, no seas chillón y paga, chilletas, paga.
Esos eran
diálogos habituales. Hasta el día que llegó Rubén.
Rubén era un
mocosillo desgarbado que llegó a vivir a la casa de enfrente, resultó bueno
para las canicas. Seguido empatábamos, fue el único que llegó a ganarme y eso
para mí se sintió como ácido, como vacío. Nadie me arrebataba mis canicas, eran
mías y tenía que ganarles a todos. Claro que cuando yo le ganaba volvía esa
sensación de grandeza, como si perteneciera a una estirpe ganadora, sentía como
un mareo y todos parecían pequeñitos e insignificantes.
Un buen día,
Rubén apareció con una canica dorada, jamás había visto algo como aquello, del
tamaño de un tirito, pero no era transparente, sino dorado con brillo dentro,
como si llevara galaxias de hojas secas. Esa canica tenía que ser mía. Reté a
Rubén por ella inmediatamente, pero el muy cobarde dijo que no. Le dije de
todo: gallina, quejicas, nene de mamá… absolutamente nada funcionaba.
–Esta canica me
la regaló mi papá, no me la juego por nada del mundo.
–No te la juegas
por mariquita.
–Botellita de
jerez, y no me la juego.
–Botellita de
vinagre baboso, tienes miedo de perderla.
Rubén ya no me
contestó, sólo se rio bien fuerte y se largó a su casa. Estuve siguiéndolo
varios días. Iba a verlo a su casa, le mandaba recados. Los de la cuadra
comenzaron a burlarse, me decían de cosas. No entendían simplemente que
necesitaba esa canica, no importaba cuántas tuviera, no tenía esa y quería esa
y haría lo que fuera por tenerla.
La idea cruzó
por mi mente cuando me miraba al espejo.
Cité a Rubén en
el parque esa noche, le dije que debía ir solo y llevar su canica para que de
una vez por todas fuera mía. La verdad no pensé que se apareciera, creí que me
iba a ignorar como las demás veces, pero no, ahí estaba con su cara pecosa y
sus dientes chuecos. Cuando lo vi parado comencé a arrepentirme. Casi me
doy media vuelta para irme, pero sacó la canica, maldita canica dorada, en
serio debía tenerla.
–Aquí la traje
¿a poco quieres apostarla ahorita en la noche?
–Podríamos hacer
un juego ahí bajo el candil, traigo una bolsa de mis especiales. Todas contra
tu canica.
–Ya te dije que
no me la juego, es muy importante.
–¿Entonces a que
viniste? ¿A burlarte?
–No– dijo muy
serio y se me quedó viendo fijamente. No tenía que decírmelo, había adivinado
lo que quería desde que se rio de mí la otra tarde, pero me negaba a aceptarlo.
También lo miré fijamente y apreté los puños.
–Cuando quieras–
le dije con el tono más envalentonado que encontré y sonreí, esa canica iba a
ser mía.

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