La última instrucción que recordé cuando nací fue “resguarda
tu alma”, y me aseguré de eso, la coloqué en un cajón recóndito de la
eternidad, donde me aguarda impoluta, despreocupada de lo que sea que haga en
esta tierra.
Más allá del libre albedrío esto me dio una libertad
verdadera y absoluta, porque si no tienes alma de qué preocuparte, pero tampoco
tienes que preocuparte de no tener alma ¿qué podría detenerte?
Hasta el momento nada.
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