martes, 20 de diciembre de 2016

Los días de Ella





I

Engendrada entre paredes

Cuatro paredes blancas… ese era todo su mundo. Cuatro paredes blancas como pilares de luna. Sin ventanas, sin cielo, sin noche… ni día, ni calor ni fresco. Sólo las paredes y Ella en el medio. Siempre estaba desnuda pero no lo sabía. El suelo era suave y no existía brisa que lastimara su blanca piel. En ocasiones dormía y cuando despertaba guardaba la sensación de haber tenido otra vida, de conocer otros colores y haber olido otro mundo. Pero allí no sabía nada, no necesitaba nada porque nada conocía.

Cuatro paredes blancas eran todo su mundo. Sin comida, sin hambre, sin necesidades básicas. No hablaba ni reía. Simplemente caminaba alrededor acariciando las paredes o se sentaba en el medio sin pronunciar palabra. Su mente estaba tan blanca como los muros. Sólo en ocasiones, después de esos sueños aparecían tenues marcas en sus sienes… imágenes en su cabeza que se desvanecían como brisa matutina. Primero fueron muy esporádicas, Ella casi no dormía. Pero poco a poco comenzaron a aumentar esos lapsos de inconciencia.

Ella siempre desnuda… Ella de piel tan blanca… comenzó a pintarse toda con el color de la grana. No necesitó más, con sus manos manchadas tocó una de las paredes que se tiñó de mañana. Cuatro paredes blancas, los pilares de su luna, se rompieron en cascada.


Búsqueda de papel

Se deslizaba lenta, cabezas de paloma que tenían salidas entre el laberinto. Saltos y saltos al vacío sin sentido. Saltos que terminaban en luto, en llanto. Gemidos de carreras en la soledad del violín que salía de algún lugar inaccesible. Escucha.

Loca de papel crecida entre las lunas de noviembre, olas en espiral, como carrusel bailando, rápido, rápido, más rápido en vueltas constantes de locura asceta, de pájaros que no encuentran el rumbo. Tanto salto al vacío, tantos mirlos creyéndose gavilanes.

Ella amó el cielo tanto como el infierno, pero no podía estar en ambos, ni quedarse en medio. Así, se deslizó lenta al infinito, hay hombres que se conforman con una respuesta, pero Ella, mujer intensa, no pudo sino buscar las respuestas múltiples del sentido de eternidad.

Se deslizaba lenta, devorada por los nocturnos aullidos del mar. Música entre los planetas y las constelaciones. Guiada por las estrellas que son soles, por los soles que son galaxias... finalmente fundida, loca, extasiada saltó al vacío sin ninguna lágrima, el sentido lo llevaba dentro.

II

Primer día

Simplemente llegó al mundo como a cualquier otra parte, sin ninguna expectativa, sin ninguna duda, sin ningún prejuicio, sin nada más que Ella misma. Lo demás... lo demás, como todo, llegó por añadidura.

Segundo día

Lo primero que vio fue un resplandor, claro que aún no sabía lo que era ni como se llamaba, pero esa imagen la acompañó hasta su muerte. Andando el tiempo se preguntaba si la muerte sería también un intenso y cegador resplandor que rompiera en llanto al tocarse suavemente.

Tercer día

Ese día decidió comunicarse, no era llanto, era algo más básico, como el rugir del hambre y del sueño. Atrapó al vuelo la palabra que pasaba, era simple y serena. Descubrió su poder y la magia de enunciarla. Le atrajo el sonido de su voz caminando en la montaña. Todo era nuevo y sin nombre... ese día nació la mañana.

Cuarto día

Fue la oscuridad por primera vez a Ella. Ese día conoció la desesperación y las lágrimas, el dolor sin recuerdo, la ausencia, las batallas. No hubo descanso. Sólo sinrazón y sinsentidos. Había visto ya la oscuridad antes del primer día, pero no la recordaba densa, sino sutil y tranquilizadora. Hoy por fin, conocía aquella de la que le advirtieran en su blanca morada de los sueños. Al final del cuarto día se derrumbó entre las piedras.

Quinto día

Fue una de esas jornadas arduas, que parecen alargarse hasta el infinito. Sin aviso, una inconstancia salada alcanzó su corazón; un vaivén suave como el murmullo de una rabia tenue, de una vena furtiva. Nunca antes había conocido la profundidad del garzo. Sintió miedo una fracción de sonrisa y luego, luego se sumergió en su paz revuelta de mareas. Se dejó arrastrar por la inconstancia sin más promesas que un beso.

Sexto día

Nauseas y perdición. Cuántos sabores faltaban para una vida. Cuántos errores. Ese día vomitó sobre sí misma en un acto de rebelde mascarada.
No hacía falta presentirse más por ahora. Se dejó arrastrar, incluso la nausea podría ser una gran experiencia.

Séptimo día

"Nosotros", su segunda palabra mágica, transformó la percepción del tiempo y de Ella misma. Era nosotros ahora como antes nada. Lo curioso es que con “nosotros” llegó la soledad y la tristeza. No lo había comprendido hasta que incluyó a “nosotros” en su vida. Ese pequeño cambio lo pluralizó todo, lo transformó en una rueda, lo asfixió... y así, volvió a quedar una... pero ahora escindida.

Octavo día

Fue un día verdaderamente laberíntico para su vida. Nada se encontraba en su lugar y todo estaba allí. ¿Hubiera consentido llegar a vivir si lo hubiera sabido antes? No era la primera vez que se hacía esa pregunta. En realidad no se la hacía, sólo intuía esa desazón de escoger. Quizá en algún momento los días dejarían de ser tan largos y podría recordar las noches. Hasta este instante no había tenido consciencia clara de ello: no conocía la noche.

Noveno día

Guerra, no con el mundo; con Ella misma que a fin de cuentas es también con todos. Ese vano intento de ir más allá y toparse con esa pared que es el miedo. Alta, fría, lisa…sin posibilidad de rodearla. NO, al miedo hay que enfrentarlo como al toro, es decir, tomarlo por lo cuernos. Pero cuando es una pared tan grande ¿qué hacer? Bueno, Ella se estrelló contra el muro y se hizo daño; intentó rodearlo y nunca encontró el fin; quiso escalarlo y siempre terminó cayendo… y así lastimada, herida, llorosa, despeinada, en un último intento asumió la pared y se recargó en
ella…  y, como quien no quiere la cosa, atravesó al otro lado.

Décimo día

Después de la rueda pero antes del exilio, Ella fue intensa. Podía caminar los silencios y desarmar los abismos. Podía mover el mundo con un dedo. Podía... pero seguía allí entre todos esos y estos y los otros. Todos mutilados y revueltos.
Había poesía, pero no esperanza; y belleza, pero no fuerza. Había... pero todo se diluía lentamente entre las ruinas de lo que alguna vez se irguió en la vastedad del universo.
Se preguntaba entonces, si amanecer de nuevo tendría sentido, si dejarse anochecer valdría la pena.

Onceavo día

Sumisión. Conciencia inesperada de pertenecer a algo. De reconocer y obedecer reglas y malabares. Obediencia no fue suficiente. Necesitaba sumisión.
El undécimo día conoció el aberrante vacío de no ser más nunca por sí misma...eternidad.
Hasta que un canto liláceo en el resplandor de su muerte la regresó completa y diferente.

Doceavo día

Lunar. De profundidades mistéricas y ensoñaciones. De no llegar a ninguna parte pero creerlo todo. Circular como el infinito dolor que la pierde lentamente... lentamente cae en una noche interminable... interminable su ausencia...
Ella tan fuerte, ella tan sola, ella tan siempre... de pronto se encontró frágil y diferente, se tornó vulnerable y sollozante. Mujer al fin y al cabo, pero no "una mujer", sino "la mujer". Esa que inició todo con el llanto y lo terminó con sonrisa.
Definitivamente, el doceavo fue un día de brumas sin recompensa.

Treceavo día

Llegó a ella la intolerancia y con ello el abuso y la discriminación. Le cansaba caminar entre tanta porquería, entre tantos "yo" gritando que tenían razón. Le aturdían las incesantes respuestas en favor y en contra, los reclamos, las voces afirmando, la estupidez... y estalló.
Una furia intensa se dibujó en su rostro y se crisparon sus manos y a punto estuvo de caer en la trampa y quedar atrapada en el corredor de merolicos. Pero ella, tan intensa, restalló como látigo de fresca mañana y suspendió entre partículas de polvo toda replica, toda sinrazón, todo grito... dejó a los "yo" hechos pedazos y ya limpia, vacía, se alejó silbando, viva y libre.

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