Era un dolor sordo, de esos que
ahogan hasta la esperanza. Llevaba así largo tiempo. Desde que la zozobra se
apoderó de su mente con una sola llamada.
Ella era sola, la vida lo había
decidido así y lo agradecía. No le gustaba pertenecer ni poseer a nadie. Su
madre había muerto cuando la tuvo. Su padre unos años después debido al
alcohol. Luego a su abuela, que se había hecho cargo de ella, la venció la edad.
Después vino una tía, la única que tenía, y que murió por un accidente. Cada
muerte le había enseñado algo diferente. Ninguna le había dolido. Nunca tuvo
tiempo para el dolor.
Por eso el dolor la sorprendió
aquella noche.
Su vida había sido una constante
pérdida. Pero jamás se sintió perdida. Era feliz. Estaba completa. Vivía en
calma. Entonces vino la llamada.
La voz sonó distante y
desesperada, le pedía, le suplicaba que la ayudara, la había llamado “mamá”.
Obvio colgó. Habría sido absurdo
permanecer en el teléfono ante una clara extorsión estúpida. Ella no tenía
hijas. No tenía a nadie. Ni siquiera mascotas. Amaba su soledad. Pero algo en
ese llanto, a pesar de saberlo fingido; algo en esa súplica anhelante, había
despertado en ella el dolor.
No lo supo en ese instante. En
ese momento que colgó el teléfono sólo había sentido enojo. Pero conforme
pasaron los días el dolor se fue instalando en ella. Se imaginaba madre y
angustiada por una hija que no aparecía, que simplemente se había desvanecido en
una inmensa nada. Entonces se ahogaba. Literalmente dejaba de respirar. Daba
manotazos. Intentaba jalar aire fuertemente sin éxito. Se desmayaba.
Esos ataques fueron subiendo de
intensidad. Y no podía dejar de sentir el dolor. Se había vuelto permanente y
molesto, como ese tinnitus que da cuando sube la presión.
En cada rostro que veía en la
calle sentía el miedo y la angustia. Luego venía la andanada de “Se busca”,
“Perdido”, “Extraviada”, “Vista por última vez” que desfilaban por sus redes
sociales sin poder detenerlos.
Y el dolor se hacía más intenso.
Ahora despertaba sollozando
fuertemente, mientras desfilaban en su cabeza los fragmentos de la pesadilla:
rostros y más rostros de madres angustiadas, de padres desesperados, de hijos e
hijas abandonados. Rostros que perseguían, que gritaban con la misma voz del
teléfono: “Mamá, ayúdame”. Rostros que se alejaban sin que ella pudiera
alcanzarlos… hasta que despertaba llorando por quién ella no había perdido
jamás.
Se había vuelto una antena
receptora y el dolor de cada persona que cruzaba en su camino se le enquistaba
en la sangre.
No sabía qué hacer con eso. Lo
descubrió sin querer.
Ya casi no salía a la calle
debido a sus ataques de ansiedad. Los medicamentos recetados por el doctor no
le hacían efecto. Evitaba las multitudes, el metro, los microbuses. Y la ciudad
de México era tan inmensa, tan llena de actividad, tan saturada de dolor, que
prácticamente era imposible evadirlo. Por eso no salía a menos que fuera
estrictamente necesario.
Ese día lo fue. Se habían
terminado sus ansiolíticos. No se los llevaban a domicilio, así que tuvo que
salir. En su camino se cruzó lo peor que podía pasarle: un político en campaña.
Parecía chiste de mal gusto.
Trato de evadirlo, pero en ese
momento el dolor la atacó con una fuerza inusitada. Se detuvo. Justo en ese
momento el político se acercó. Sonrisa exacta, mano extendida, guaruras
vigilantes. Y estrechó su mano. Las fotos comenzaron a tomarse. El dolor
comenzó a irse. Lo miró a los ojos. La cara de él se descomponía. Era un
rictus. Su cuerpo se encogió. Le costaba respirar. Ella no le soltó la mano
hasta que los guaruras la alejaron.
El dolor se había ido.
Al día siguiente leyó en las
noticias que el político en campaña había muerto de un infarto fulminante.
Entonces lo comprendió todo.
El dolor comenzaba a volver. Y
ella decidió convertirse en una fiel asistente a mítines políticos. Siempre
buscando la fila más cerca del candidato. Siempre lista para estrechar la mano...
y posar para la foto.
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