miércoles, 6 de abril de 2016

Talión



Era un dolor sordo, de esos que ahogan hasta la esperanza. Llevaba así largo tiempo. Desde que la zozobra se apoderó de su mente con una sola llamada. 


Ella era sola, la vida lo había decidido así y lo agradecía. No le gustaba pertenecer ni poseer a nadie. Su madre había muerto cuando la tuvo. Su padre unos años después debido al alcohol. Luego a su abuela, que se había hecho cargo de ella, la venció la edad. Después vino una tía, la única que tenía, y que murió por un accidente. Cada muerte le había enseñado algo diferente. Ninguna le había dolido. Nunca tuvo tiempo para el dolor.


Por eso el dolor la sorprendió aquella noche.


Su vida había sido una constante pérdida. Pero jamás se sintió perdida. Era feliz. Estaba completa. Vivía en calma. Entonces vino la llamada.


La voz sonó distante y desesperada, le pedía, le suplicaba que la ayudara, la había llamado “mamá”.

Obvio colgó. Habría sido absurdo permanecer en el teléfono ante una clara extorsión estúpida. Ella no tenía hijas. No tenía a nadie. Ni siquiera mascotas. Amaba su soledad. Pero algo en ese llanto, a pesar de saberlo fingido; algo en esa súplica anhelante, había despertado en ella el dolor.


No lo supo en ese instante. En ese momento que colgó el teléfono sólo había sentido enojo. Pero conforme pasaron los días el dolor se fue instalando en ella. Se imaginaba madre y angustiada por una hija que no aparecía, que simplemente se había desvanecido en una inmensa nada. Entonces se ahogaba. Literalmente dejaba de respirar. Daba manotazos. Intentaba jalar aire fuertemente sin éxito. Se desmayaba.


Esos ataques fueron subiendo de intensidad. Y no podía dejar de sentir el dolor. Se había vuelto permanente y molesto, como ese tinnitus que da cuando sube la presión.


En cada rostro que veía en la calle sentía el miedo y la angustia. Luego venía la andanada de “Se busca”, “Perdido”, “Extraviada”, “Vista por última vez” que desfilaban por sus redes sociales sin poder detenerlos.


Y el dolor se hacía más intenso.


Ahora despertaba sollozando fuertemente, mientras desfilaban en su cabeza los fragmentos de la pesadilla: rostros y más rostros de madres angustiadas, de padres desesperados, de hijos e hijas abandonados. Rostros que perseguían, que gritaban con la misma voz del teléfono: “Mamá, ayúdame”. Rostros que se alejaban sin que ella pudiera alcanzarlos… hasta que despertaba llorando por quién ella no había perdido jamás.


Se había vuelto una antena receptora y el dolor de cada persona que cruzaba en su camino se le enquistaba en la sangre.


No sabía qué hacer con eso. Lo descubrió sin querer.


Ya casi no salía a la calle debido a sus ataques de ansiedad. Los medicamentos recetados por el doctor no le hacían efecto. Evitaba las multitudes, el metro, los microbuses. Y la ciudad de México era tan inmensa, tan llena de actividad, tan saturada de dolor, que prácticamente era imposible evadirlo. Por eso no salía a menos que fuera estrictamente necesario.


Ese día lo fue. Se habían terminado sus ansiolíticos. No se los llevaban a domicilio, así que tuvo que salir. En su camino se cruzó lo peor que podía pasarle: un político en campaña. Parecía chiste de mal gusto.


Trato de evadirlo, pero en ese momento el dolor la atacó con una fuerza inusitada. Se detuvo. Justo en ese momento el político se acercó. Sonrisa exacta, mano extendida, guaruras vigilantes. Y estrechó su mano. Las fotos comenzaron a tomarse. El dolor comenzó a irse. Lo miró a los ojos. La cara de él se descomponía. Era un rictus. Su cuerpo se encogió. Le costaba respirar. Ella no le soltó la mano hasta que los guaruras la alejaron.


El dolor se había ido.


Al día siguiente leyó en las noticias que el político en campaña había muerto de un infarto fulminante.


Entonces lo comprendió todo.


El dolor comenzaba a volver. Y ella decidió convertirse en una fiel asistente a mítines políticos. Siempre buscando la fila más cerca del candidato. Siempre lista para estrechar la mano... y posar para la foto.

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