Escrito en 1997
I
¿Cómo poder explicar lo que aun no
entiendo cómo sucedió?, esa pregunta ha rondado mi cabeza por mucho tiempo, más
del que cualquiera podría soportar. Veo a mi pequeña Isabela jugando y me
recuerdo a mi misma hace tanto tiempo, jugando así, sin preocuparme de nada y
con la tía Ela observando desde lejos, tal como yo lo hago ahora.
La
tía Ela...inolvidable, incomprendida, misteriosa. Nadie sabía cuántos años
tenía, todos teníamos la impresión de haberla conocido de niños y haber crecido
a su lado. La habían conocido nuestros padres y los padres de nuestros padres y
los de estos y así hasta no se cuántas generaciones atrás....suena raro, ¿no?.
Mi madre decía que era exageración de tía Ela, que lo que pasaba era que ella
misma no sabía su edad, porque en los tiempos en que nació no se tenía la
costumbre de registrar a los pequeños, ni de celebrarles su cumpleaños, por lo
que ella no tenía idea de cuando cumplía años ni de cuantos tenía. Sonaba
lógico...pero no, en realidad Ela siempre guardó un secreto que sólo me reveló
a mi, su sobrina consentida; revelación maravillosa y amarga maldición que he
compartido en silencio desde entonces, y pensar que alguna vez....-¡Tía Ela, tía Ela!- la voz de la pequeña
Isabela me distrae de mis pensamientos -¿qué sucede querida?
- ¡Ayúdame tía
Ela!, no dejes que mis flores se mueran.
- Pero
pequeña, las has arrancado ya, si quieres que no mueran déjalas en el tallo.
- De todas
formas se mueren tía Ela.
- Lo sé
chiquita, ven acá - y al decir esto la senté en mis piernas - la hermosura de
las flores radica precisamente en su fugacidad. ¿Sabes por qué la vida es
bella? -y sus lindos ojos se agrandaron indicándome que no tenía la menor idea-
pues porque es pequeña. Cierra los ojos. Ahora, imagínate que el mundo es un
cuarto pintado de mil colores distintos, en una armonía perfecta, sólo que ese cuarto
está a oscuras, ¿ves el cuarto pequeña?
- Sí tía -
respondió.
- ¿Ves la
oscuridad?
- Mmj
- Bueno, pues
cada ser que nace -sea hombre, animal o planta- es un chispazo que ilumina esa
oscuridad. Mira, algunos chispazos son más largos que otros, pero indudablemente
entre todos ayudan a crear un efecto mágico, de alegría, sobre las paredes del
cuarto, ¿pero dime, qué sucedería si uno de esos chispazos se convirtiera en
llamarada que iluminara la habitación por completo?
- Pues se va
la oscuridad
- ¿Y qué más?,
dime ¿qué falta pequeña?
- ¡Las
chispitas! ¡no veo las otras chispitas!
- Se han ido
ya, la llama se ha quedado sola, en un cuarto iluminado de bellos colores, pero
sola. ¿Te gustaría que tus flores se quedarán solas?
- No tía.
- Pues
entonces déjalas vivir y morir, déjalas continuar su ciclo, no quieras detener
a la luz.
La niña abrió los ojos y volvió la cara
hacia Isabela al tiempo que preguntaba -¿por qué lloras tía?
- Lloro porque
hace mucho tiempo detuve la luz y la volví soledad.
- No entiendo.
- No importa,
no me hagas caso -dijo Ela al tiempo que se limpiaba las lágrimas y cambiando
de tono comentó - mejor dime ¿para qué querías tantas flores?
- Pues para
hacerme un vestido.
- ¿Un vestido?
- Sí, mi mamá
dice que cada año el hada primavera llega envuelta en su vestido de flores y va
sembrando colores llenos de amor y esperanza, y hace al mundo más cálido y
hermoso con la magia de su fe. Y yo tía, quiero tener un vestido como el de
ella para poder ayudarla a hacer un mundo hermoso.
- Lindos pensamientos,
pero eso no es posible, la primavera puede lograr mantener su vestido porque es
un hada y tiene magia, pero nosotros sólo somos humanos.
- Pero tía, yo
he visto salir la magia de tus manos.
- ¿Qué
fantasías estás inventado?
- No son
mentiras tía, te vi hacer magia con el niño de Panchita y con el esposo de tía
Susi y con mi mamá, por eso quería que hicieras magia con mis flores para que
no se murieran nunca.
- Para que no
se murieran nunca - repetí entre dientes arrastrando las palabras- mi amor,
¡que idea maravillosa me has dado! - y la besé -. ¿Sabes algo?, te prometo una
cosa, el día que cumplas tus quince años tendrás el vestido de flores más
hermoso que jamás hayas visto.
- ¡¿En serio
tía?!.
- ¡Claro que
sí!, de mi cuenta corre y ahora vámonos, que tu madre ha de estar preocupada
porque ya pasan de las cuatro de la tarde, anda ¡vamos!
Y tomando a su sobrina de la mano se
alejaron, como el tiempo, que pasó en el deshojar de una flor. El tiempo no
pasó en vano, la pequeña Isabela tiene ahora quince años y está más hermosa que
nunca, ha crecido mucho y se ha acentuado su belleza y gracia. Su tía Ela la
contempla, no ha cambiando nada desde entonces, sigue siendo una señora madura
de edad indescifrable, con una tristeza infinita reflejada en sus grandes ojos, la soledad acompaña cada una de las líneas de su rostro, desciende por
su cuerpo, juega en su vientre y vuelve a subir con un ímpetu que revuelve sus
cabellos, el viento sopla suave y frío. Ela lo sabe: hoy por fin, dejará
la soledad.
Deja
de lado sus sueños y sus dedos se afanan terminando los últimos detalles de un
precioso vestido, hoy será la fiesta de su sobrina y, fiel a su promesa, Ela ha
confeccionado un lindo vestido de flores naturales, nadie sabe como lo ha
logrado, pero es maravilloso ver la mezcla de rosas, nardos, dalias, azucenas y
un precioso tocado de orquídeas que remata el conjunto. Isabela está feliz,
tendrá el vestido más hermoso que nadie haya tenido en su vida.
Ela
termina el vestido y toma un
sobre que está
junto a ella.
Llama a su sobrina
y le dice:
- Pequeña, hoy
es el gran día, quiero que me prometas que lucirás radiante y hermosa, y que
terminando la fiesta guardarás este vestido en algún lugar oscuro, lejos de
cualquier persona o mirada.
- ¿Por qué
tía? El vestido es digno de admirarse y..
- Harás lo que
te digo, ahora adiós.
- Te vas tía,
¿por qué, adonde?
- A un viaje
que he deseado hacer desde hace mucho tiempo...no me repliques nada, lamento
mucho decirte que no podré estar en tu fiesta, sin embargo estaré contigo. En
tu cuarto encontrarás el vestido que te prometí y una carta. Esa carta sólo la
leerás tú, después de tu fiesta y acto seguido te desharás de ella y del
vestido. Promételo.
- Pero tía,
mira, mejor ...
- Mejor nada,
promételo
- Está bien,
te lo prometo.
- Gracias
sobrina, y ahora vete que todavía tienes que peinarte, maquillarte, recoger tu
ramo, tus zapatillas, anda vete ya que te falta mucho por hacer. Yo, mientras,
voy a terminar el vestido y adiós, porque me voy a ir antes que regreses. Anda,
no pongas esa cara, dame un beso y sonríe, que hoy es día para estar plenamente
dichosos.
E Isabela besó a su tía y se fue sin
terminar de entenderla. Ela la vió marchar y se recordó a sí misma de nuevo,
sonrió para sus adentros y pensó -sólo
que a tí no te permitiré cometer mi mismo error- y acto seguido terminó los
últimos detalles del vestido. Lo llevó con sumo cuidado al cuarto de su
sobrina, puso la carta en la pequeña cómoda de caoba negra, colocó el vestido
-que empezaba a marchitarse- sobre la cama e imponiendo sus manos susurró - hermoso vestido de flores te regalo la
maldición de vivir por siempre, a tí no te hará daño, permíteme morir en paz
haciendo feliz a mi niña -.
Apenas había
terminado de decir estás palabras, cuando todo lo iluminó una intensa luz, las
flores revivieron como por arte de magia, para ya nunca perder su lozanía, y
Ela -Isabela mejor dicho-, fue disolviéndose lentamente, como el aroma de las
flores, en el viento.
II
Cuando la joven Isabela volvió, encontró
en su cuarto el vestido y la carta, quiso leerla en ese momento, pero el tiempo
apremiaba, apenas y tenía el suficiente para ponerse el vestido y las
zapatillas y bajar corriendo para irse a su misa. Así que guardo la carta para
más tarde.
Fue
una fiesta hermosa, digna de otro relato. Indudablemente la estrella de ese día
fue el vestido, nadie lograba comprender quién lo había hecho, ni como podían
mantenerlo sin que se marchitara. El día transcurrió vertiginosamente y terminó
antes de que Isabela se diera cuenta de lo que había vivido.
Al
caer la noche subió a su cuarto, tomó la carta y bajó al jardín. Se sentó en un
columpio y, bajo la luz de la luna, inició la lectura de una confesión tan
sorprendente como triste, la vida de su tía Ela estaba narrada ahí:
Querida sobrina:
Tal
vez te parezca extraño que no haya estado en tu fiesta, pero existe una razón
muy poderosa. ¿Sabes? hace mucho tiempo también tuve quince años, mi nombre
también era Isabela y tenía una tía Ela de la que nadie sabía tu edad. Hoy te
regalo la dicha retenida en un vestido, pero hace 200 años, yo misma me regalé
la soledad.
Pero empecemos
desde el principio, yo nací el 28 de octubre de 1774, a la fecha de hoy
tengo 204 años. Se lo que estarás pensando, que estoy loca, que nunca aparenté
más de 50, pero pregúntale a tu madre, a tu abuelo, pregúntales si me recuerdan
de niños, te dirán que sí, que me recuerdan igual como sigo hasta ahora. Soy la
heredera voluntaria de una maldición.
Como te dije
líneas arriba, también tuve una tía Ela, esta tía tenía la peculiaridad de que
existía desde hacía mucho tiempo, más de 300 años, había visto y convivido con
varias generaciones de nuestra familia, ella -al igual que yo- también podía
curar a los demás imponiendo sus manos y ¿sabes por qué?, porque tenía el
defecto de no poder morir jamás.
Te voy a contar
su historia, ella tenía 20 años y estaba a punto de casarse. Faltaban dos días
para la boda, cuando ella y su novio, junto con la familia de ella por
supuesto, salieron a un paseo. Ella siempre fue muy buena amazona y retó a su
novio a una competencia, salieron al galope a campo traviesa, reían contentos.
Se amaban, cosa que en ese tiempo era una suerte, a pesar de que su matrimonio
estaba arreglado desde antes de nacer.
Entonces llegó
la desgracia, en la loca carrera el caballo de él metió la pata en un hoyo, al
caer bruscamente su jinete salió disparado, con tan mala suerte, que fue a
estrellar su cabeza en una piedra. Isabela -que así se llamaba también mi tía-
frenó su caballo, bajó de él y corrió al lado de su futuro esposo.
Estaba muerto,
en ese momento ella lloró amargamente e imploró a los cielos, con tanta fuerza
y desesperación, que conmovió a Dios, Él le habló y le dijo -no sufras hijas,
algún día lo alcanzarás en mi reino-
- No quiero alcanzarlo algún día, quiero tenerlo ahora, por
favor, compadécete de mí, permíteme que viva a mi lado, quiero casarme, tener
hijos, nietos, quiero tenerlo a mi lado, por favor.
- No es posible hija, no puedo hacer milagros particulares,
sin embargo si tienes la fe suficiente...
- Tengo toda la necesaria, es más te ofrezco lo que desees a
cambio, te ofrezco...te ofrezco vivir para siempre, si me lo devuelves te
ofrezco no morir jamás y vivir cada día dándote gracias y enalteciendo tu
nombre. Pero devuélvemelo, por favor.
- Sufrirás mucho...
- No puede ser peor de lo que sufro ahora, ¡por favor!
- Esta bien... ahí lo tienes, pero recuerda, de la vida no
puedes deshacerte a menos que la regales… por completo a alguien más.
Su novio vivió, Ela se casó, tuvo
hijos, nietos y al cabo de mucho tiempo su esposo murió pacíficamente. Para
entonces ella tenía la sabiduría que da la edad y ya no sufrió tanto como la
primera vez. Espero su muerte pacíficamente sólo que...nunca llegó. Tía Ela
pagó muy caro no haber pensado las consecuencias de su promesa. Quiso detener
la luz y la volvió soledad (se que ahora si comprendes lo que quiero decirte
sobrina).
Así pasó el
tiempo, vio morir a sus hijos, a sus nietos, a los hijos de sus nietos y a los
nietos de éstos. Se quedó sola iluminando un cuarto colorido. Ela sabía que la
única manera de morir era regalándole la inmortalidad a alguien más, pero no
era capaz de donarle a nadie esa desesperante angustia de ver pasar el tiempo y
saber que terminará para todos, menos para ella. Sin embargo encontró solaz al descubrir que podía ayudar a
los demás, si ella se concentraba lo suficiente, podía donar un poco de su vida
a los enfermos, sanándolos, a veces, por completo. Lo hacía con cuidado, en
esos tiempos la
Inquisición estaba de moda.
El tiempo
transcurrió inexorable y un día nací yo. Me pusieron Isabela, igual que ella y
que tú. Pronto me convertí en su sobrina favorita, pasábamos juntas mucho
tiempo. Me quería mucho. Crecí y el día que cumplí mis quince años, tía Ela me
regaló la fiesta más lujosa que te puedas imaginar, la más alta sociedad de
aquellos tiempos se dio cita ahí. Ese mismo día caí enferma. Los doctores no
dieron esperanzas, tenía una rara enfermedad de la sangre -que ahora se que era
Leucemia- ‘Es incurable’ decían los médicos, ‘no hay remedio’, pero tía Ela se
rebeló ante esa idea.
Su niña, su
pequeña niña -que tanto le recordaba a sí misma- no podía morir tan joven. Así
que un día, desesperada de verme sufrir, habló conmigo y me contó la historia
que ya te he relatado. No podía creerlo, pero tía Ela hablaba con una inmensa
tristeza reflejada en el gran vacío de sus ojos, y le creí.
-Tía Ela,
ayúdame- le supliqué, no me dejes morir y tía Ela puso sus manos sobre mí y se
concentró. En ese momento comencé a sentir como una energía cálida cubría mi
cuerpo, deseé vivir, vivir por mucho tiempo...para siempre. Tenía curiosidad de
ver que deparaba el futuro, hasta donde llegaría la humanidad, quería
vivir...Tomé fuertemente las manos de tía Ela entre las mías y no dejé que las
separara, absorbí cada átomo de su vida, hasta que tía Ela se disolvió en el
aire con el susurro de la paz en su corazón.
Supongo que tía
Ela descansó en paz, pero yo...Por mucho tiempo viví feliz. Me casé, tuve
hijos; una vez mi esposo estuvo a punto de morir, pero no se lo permití. Quería
vivir por siempre, pero no quería quedarme sola. Un día no estuve junto a mi
esposo cuando la muerte lo sorprendió. Luego mis hijos, mis nietos y así fui
quedándome sola .Hasta que naciste tú. Eras mi dicha, me recordabas tanto a mí
cuando tenía tu edad. Te amé, y ese amor combinado con tu
inocencia, al decirme aquella tarde de tu infancia que jugabas en el
jardín: -no son mentiras tía, te ví hacer magia con el niño de Panchita y con
el esposo de tía Susi y con mi mamá, por eso quería que hicieras magia con mis
flores para que no se murieran nunca-, fueron lo que me salvaron. Tu deseabas
unas flores que vivieran siempre para poder hacerte un vestido como el del hada
Primavera. Yo deseaba dejar de ser llama y convertirme de nuevo en chispa
fugaz, que se perdiera en la oscuridad para luego volver a brillar, deseaba no
estar sola en un cuarto iluminado y no dañar a nadie regalándole la vida sin
descanso. Así que esperé pacientemente hasta el día de hoy.
Hoy terminé de
confeccionar tu vestido, él nunca se marchitará, porque le he regalado la
inmortalidad, así, cuando tu leas estas líneas yo ya me habré vuelto una
fragancia solamente, disolviéndome en el aire.
Antes de
terminar te diré una última cosa: he tenido un sueño el día de ayer, en el veía
que el vestido se marchitaba y yo volví a nacer. Por eso te pido que destruyas
esta carta y guardes este vestido donde nadie pueda verlo, ni tú. No quiero que
nadie se de cuenta que he vuelto.
Con
amor
Ela.
Isabela dobló la carta y miró el vestido,
¿cuánto tiempo había pasado desde que leyera aquella carta por primera vez?
Sumaban ya diez años. Ahora ella estaba casada y esperando un hijo. Esa carta y
ese vestido le causaban una nostalgia infinita -¿Me pregunto si de verdad volverás un día tía Ela?- la voz de su
marido la sacó de sus pensamientos -Ela, mi amor ¿dónde pongo todo esto?, si
sigues leyendo cada papel que te encuentres no vamos a terminar de arreglar
este cuarto nunca.
- Ya voy, es que me entretuve recordando
mis quince años y viendo mi vestido.
- ¿Sabes algo amor? aún no entiendo como
es que tu vestido se conserva fresco, como si las flores se hubieran cortado
ayer.
- Es que me lo regaló un hada-. Y
diciendo esto guardó la carta y el vestido en un baúl que puso en un rincón de
su closet.
Los
meses volaron y al contar nueve con dos días, Ela tuvo su bebé. Dada su
posición económica y los mimos de su marido, Ela se alivió en su casa rodeada
de las mejores atenciones médicas. Tuvo una hermosa hija de largos cabellos,
piel tersa y hermosos ojos grises que cerró casi al momento de nacer. El marido
de Ela estaba a su lado tomando la mano de ella con todas sus fuerzas. Con
voz entrecortada anunció -se llamará Isabela,
amor, como tú.
Isabela sólo asintió y se dejó caer
exhausta por el esfuerzo que significa traer un hijo al mundo. La bebé lanzó un
vagido que demostró la salud y fuerza de sus pulmones, al mismo tiempo un
delicioso perfume inundó la habitación. Junto al milagro del nacimiento, la muerte,
dentro de un baúl olvidado en un oscuro rincón, marchitaba suavemente un
delicado vestido que se disolvía en el aroma del aire. Fiel a su promesa, como
siempre, Ela había vuelto.
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