lunes, 23 de mayo de 2016

E la luce fu



No tiene nada que ver con Dios, pero sobrevivimos gracias a su palabra, o a lo que en otros tiempos se consideraba su palabra. Hoy nada es ya como los otros tiempos.
La primera señal de la destrucción llegó en la noche, cayó como nieve sobre los árboles y las casas, los animales y las personas. Todo ser vivo que tocó murió rápida, pero terriblemente. Murieron miles y miles esa noche y las siguientes. Llovió fuego blanco durante casi una semana. Después cesó igual que había iniciado. Pero ya el mundo era otro.
Después fueron los rayos, durante el día y durante la noche, sin cesar, sin avisar sobre qué o quién caerían. Prácticamente nadie se aventuraba afuera. Los trabajos quedaron interrumpidos, la vida entera se detuvo y, entonces, llegó el terremoto más grande que jamás se hubiera sentido sobre la Tierra. Y la abarcó toda y la consumió en minutos.
Después de eso los fenómenos cesaron. El terremoto tuvo impacto global, pero no murieron todos. Algunos no tuvimos esa suerte. A partir de allí se tuvo que reconfigurar todo. No había comunicaciones, ni celulares, ni microondas, ni teléfonos, ni televisiones, ni internet. Nada que fuera electrónico funcionaba. Los pocos que andábamos sin estar heridos nos fuimos reuniendo. El hombre es un ser gregario después de todo.
Éramos apenas un puñado, en todas partes había heridos, pero no a todos se les podía ayudar. Hicimos lo que pudimos. Al final quedamos unas decenas de personas en un vasto territorio que alguna vez fue una ciudad. Después caminaríamos y sabríamos que sólo quedaba destrucción.
Fue entonces que encontré el telégrafo. Había aprendido a usarlo como mera curiosidad de museo. De esas habilidades que son rareza y que se cultivan sólo para diferenciarse del resto. Pero ese fue el hilo que reconectó a la humanidad. Eso y un libro, sin el cual jamás nos habríamos entendido.
Comenzar a entender lo que había pasado, reorganizarnos y recomenzar nos llevó meses enteros. Pudimos formar una pequeña comunidad y nos preguntábamos si en otros lugares del mundo habría sobrevivientes. Todos los días, a la misma hora, tecleaba un SOS esperando recibir respuesta. Sólo el silencio seguía a mis incesantes intentos.
Un buen día alguien respondió. Otro SOS en respuesta. Luego varias palabras que no tenían gran sentido para mí. ¡Con una chingada! Entre tantas habilidades que cultivé nunca se me dieron los idiomas. Alguien dijo que parecía francés. Parecía. Le respondí en español pero creo que del otro lado les pasó lo mismo que a nosotros.
Al día siguiente ya eran tres señales más de vida, cada una hablando en su propia lengua. Jamás me había sentido tan perdida. Tratamos con el inglés pero no todos lo sabían. Logramos extraer algunas palabras aquí y allá. Destrucción, muerte, desgracia, sobrevivientes. No era mucho, pero el silencio era peor.
No estoy segura cómo fue que se nos ocurrió, creo que fue por ella, la monja, que dijo algo sobre la Torre de Babel. Entonces dije a las personas del otro lado del telégrafo: Biblia, Bible, Bibbia… Parece que me la pescaron porque de pronto alguien dijo: Lc 1:4. Rápidamente busqué el texto y el versículo correspondiente: “Para que conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado”. Creo que todos hicieron algo parecido, porque comenzaron a responder igual. Al principio la comunicación fue lenta. No es que todos fuéramos conocedores de los textos. Pero con el tiempo aprendimos a encontrar aquello que deseábamos transmitir. En algunos casos la comunicación resultaba un tanto poética o críptica, pero ayudaba, nos entendíamos.
Al final sacamos en conclusión que el terremoto había sido mundial, que éramos cuando mucho 10 mil sobrevivientes de los millones que alguna vez poblaron la Tierra, al menos era ese número los que habíamos logrado ponernos de acuerdo y comunicarnos y decirnos que no estábamos solos. Consideramos que habría más sin acceso a un telégrafo. También concluimos que varios animales habían sobrevivido y que seguramente la configuración de la Tierra había cambiado mucho.
Por ejemplo, nosotros alguna vez vivimos en el centro de México, ahora teníamos la playa a una hora caminando, más o menos. Los días se sentían más cortos y calurosos, las noches largas y frías. De acuerdo a lo que extrajimos de nuestras bíblicas conversaciones, el mar había subido en muchos lugares, pero había suficiente tierra firme y muy probablemente los continentes se habían movido.
Ponernos de acuerdo para iniciar un proceso de reconstrucción global no fue fácil. Aunque iniciamos con muy buenos augurios. “E Dio disse: Sia la luce! E la luce fu”.

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