Era uno de esos
días con el mar agobiante, continuamente le sucedía. Caminaba sola por
cualquier rumbo para poder concentrarse y dejar de sentir que su cabeza pesaba.
Era un dolor sordo, lejano y persistente. Lo padecía desde niña. Ese sonido monótono
como el silbato de un barco que se alargaba lentamente a lo largo de los días,
hasta que llegaba ése en que se convertía en peso, en fardo que la arrastraba sin
importar cuánto se resistiera.
Eran días grises
en los que siempre caminaba. El aire en el rostro le ayudaba a sentirse viva. Un
día tras otro sin encontrar sentido.
Los demás no lo
entendían.
¿Cuál era el
problema de tener días grises? ¿Qué acaso los otros tenían colores?
Los otros no existían.
Sus días eran un espectro de todas las tonalidades de grises imaginables.
Y ella
necesitaba vida. Por eso caminaba hacia cualquier rumbo. Deseaba tomarse el
verde de los árboles, el rojo de las bocas, el amarillo de los impermeables,
colores, colores, necesitaba colores con que cubrir su gama existencial.
Y hoy era uno de
esos días de agobiante mar, de gris sobre gris y para colmo llovía. Los días
lluviosos no le ayudaban en nada, porque los colores se apagaban, toda la vida
languidecía entre las gotas. Furiosas las de hoy, multitudinarias, estruendosas,
acompañadas de truenos que retumbaban dentro del silbato de barco y empeoraban
todo.
Salió bajo la
lluvia.
Caminó hasta
empaparse, lo que no fue tanto. Se paró en medio de nada y se puso a gritar,
quería sacar ese sonido de su cabeza, gritando, gritando, hasta que el grito se
volvió llanto. Y entre lágrimas la vio. No captó de inmediato porque su cabeza
estaba pesada y era lenta. Tuvo que parpadear varias veces para verla
claramente.
Allí, frente a
sus ojos estaba la mujer más curiosa que hubiera visto, con los cabellos
rosados levantados en un peinado como de la época de Luis XV y rematado con un
curioso moño con flores blancas, de piel casi transparente y vestido naranja
intenso y un pequeño dije en forma de corazón verde. Tenía pájaros saliendo de
su cabeza, con pinceles y telas y colores y texturas; y una jaula en el medio
con la puerta abierta. Al verla sintió que una energía la desbordaba. Una
comprensión que jamás había experimentado.
Y en un parpadeo
desapareció.
Volvió la
lluvia, el gris intenso, el peso en la cabeza, pero por un momento todo se
había ido.
¿Qué había
hecho? ¿Sería el grito?
Gritó de nuevo.
Solo lluvia.
Probó a llorar.
Una lluvia más
intensa.
Se quedó allí
sentada en el charco en espera … y entonces se dio cuenta hacia dónde estaba
mirando.
Su
descubrimiento fue tan violento que se fueron a un tiempo el dolor y la lluvia,
el gris, el silbato de barco, el mar agobiante, y solo quedó lugar para los
pájaros y los colores, para el cabello rosado y el vestido naranja. Se levantó saltando
y riendo mientras acariciaba su dije de corazón verde.
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