miércoles, 14 de marzo de 2018

Dragones



¡Despierta! la realidad ha llegado con el ocaso. No existen más los mitos con que nos dormían nuestros padres, ahora todo es real como la dimensión que existe en nuestros sueños más recónditos. Nada es imposible, todo se transforma. La recreación de los mundos por fin comienza. Somos dioses y creadores, somos hombres y vasallos, nunca esclavos ni crédulos. Hoy, por fin, todo ha comenzado. De nuevo existen las alas que se alían con el fuego en un eterno baile de confianza. El amor salvaje de las bestias, el brillo de una luenga cabellera. No había nada nuevo bajo el sol, pero nuestros sueños más descabellados han comenzado a volverse realidad. No eran ilusiones ni fantasías. Cierra los ojos y crea, abre tu mundo al infinito, detén el tiempo, guerrea con espadas flamígeras y duerme con el dulce olor del unicornio y el abeto. Conoce hoy la única verdad en este mundo incierto: la magia existe.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Chiras pelas




Todo inició aquella Navidad que mi abuelo me regaló su primera bolsa de canicas, las había guardado como un tesoro desde que era niño y ahora pasaban a mí, no a mi padre, sino a mí. Debo confesar que sentí orgullo. Esa Navidad aprendí a jugar y comprendí porqué no se las había dado a mi padre, no había manera que él lograra pegarle a una canica, aunque la tuviera a un milímetro de distancia.

Al regresar al colegio comencé mi colección, era bastante sencillo ganarle a los chicos de la clase, aunque al principio no me querían dejar jugar, pero los fui convenciendo a algunos y obligando a otros, es increíble lo que el orgullo puede hacer, un simple –¿tienes miedo? –resultaba suficiente para convencer al más reacio.


Así me convertí en leyenda. 


No había quién pudiera ganarme y, como siempre la apuesta eran canicas, comencé a guardarlas en botes en mi cuarto. Las tenía separadas por tipos: bombochas, tiritos, ágatas, agüitas, tenía de todas y eran muchas, cada vez eran más. A mi madre no le hacía gracia, así que dejó de limpiar mi cuarto y me dijo –Con que canicas ¿no? Pues desde ahora te encargas de tus cosas a ver si aprendes algo más productivo– Había cierto desdén en su voz, –pura envidia–, pensé.


Debo reconocer que acumulaba en exceso, pero se había vuelto una especie de obsesión, tenía que ganarle a cada niño de la escuela y del vecindario, sólo podía pensar en ganar más y más canicas. No me gustaba comprarlas, debía arrebatarlas a sus dueños y ver cómo se iban lanzando maldiciones a sus casas. 


–¡Trampa! Esa cuarta estuvo bien grandota, así no vale.

–Sí vale, qué, yo que culpa de tener manos grandes, no seas chillón y paga, chilletas, paga.


Esos eran diálogos habituales. Hasta el día que llegó Rubén.


Rubén era un mocosillo desgarbado que llegó a vivir a la casa de enfrente, resultó bueno para las canicas. Seguido empatábamos, fue el único que llegó a ganarme y eso para mí se sintió como ácido, como vacío. Nadie me arrebataba mis canicas, eran mías y tenía que ganarles a todos. Claro que cuando yo le ganaba volvía esa sensación de grandeza, como si perteneciera a una estirpe ganadora, sentía como un mareo y todos parecían pequeñitos e insignificantes.


Un buen día, Rubén apareció con una canica dorada, jamás había visto algo como aquello, del tamaño de un tirito, pero no era transparente, sino dorado con brillo dentro, como si llevara galaxias de hojas secas. Esa canica tenía que ser mía. Reté a Rubén por ella inmediatamente, pero el muy cobarde dijo que no. Le dije de todo: gallina, quejicas, nene de mamá… absolutamente nada funcionaba.


–Esta canica me la regaló mi papá, no me la juego por nada del mundo.

–No te la juegas por mariquita.

–Botellita de jerez, y no me la juego.

–Botellita de vinagre baboso, tienes miedo de perderla.


Rubén ya no me contestó, sólo se rio bien fuerte y se largó a su casa. Estuve siguiéndolo varios días. Iba a verlo a su casa, le mandaba recados. Los de la cuadra comenzaron a burlarse, me decían de cosas. No entendían simplemente que necesitaba esa canica, no importaba cuántas tuviera, no tenía esa y quería esa y haría lo que fuera por tenerla.


La idea cruzó por mi mente cuando me miraba al espejo. 


Cité a Rubén en el parque esa noche, le dije que debía ir solo y llevar su canica para que de una vez por todas fuera mía. La verdad no pensé que se apareciera, creí que me iba a ignorar como las demás veces, pero no, ahí estaba con su cara pecosa y sus dientes chuecos. Cuando lo vi parado comencé a arrepentirme. Casi me doy media vuelta para irme, pero sacó la canica, maldita canica dorada, en serio debía tenerla.


–Aquí la traje ¿a poco quieres apostarla ahorita en la noche?

–Podríamos hacer un juego ahí bajo el candil, traigo una bolsa de mis especiales. Todas contra tu canica.

–Ya te dije que no me la juego, es muy importante.

–¿Entonces a que viniste? ¿A burlarte?

–No– dijo muy serio y se me quedó viendo fijamente. No tenía que decírmelo, había adivinado lo que quería desde que se rio de mí la otra tarde, pero me negaba a aceptarlo. También lo miré fijamente y apreté los puños.

–Cuando quieras– le dije con el tono más envalentonado que encontré y sonreí, esa canica iba a ser mía.

viernes, 2 de marzo de 2018

Una marca en el polvo




Todo comenzó con eso, un detalle banal, nimio, que no hubiera notado en condiciones normales. Ese día no era ordinario, desde que amaneció, la pertinaz llovizna trajo consigo una serie de situaciones que no se presentaban normalmente en mi vida: mi padre había muerto en la madrugada. Mi madre corría a refugiarse en mi casa. Mis hermanos entraban y salín arreglando los detalles legales del funeral, hablando por teléfono a familiares y amigos, organizando todo. Mi familia era experta en eso, en organizar funerales. Mi universo unipersonal estaba en caos. 

¿Qué hacían todos en mi casa? ¿Por qué decidieron que mi morada era el mejor lugar para estas cosas? Ni caso tenía preguntarles, me ignorarían como lo habían hecho por siempre, como si fuera sólo una sombra molesta y estorbosa en su organizada vida que, sin embargo, era necesaria para su existencia. 

Ahí fue cuando lo noté. Me pidieron el platón hondo, grande, de plata, que mi madre había recibido como regalo de bodas, lo pondrían como centro de mesa para la cena. Así que me encaramé en la escalera para llegar a la parte más alta de la estantería (¿Por qué diablos hacían alacenas de casi dos metros de altura en un país donde la población normal rara vez supera el 1,60?) y, justo ahí arriba, junto al famoso platón estaba la marca.

Nadie subía ahí. No tenía gatos, ni pájaros, ni ningún tipo de mascota. No eran huellas de animal por otra parte, era más indefinido, como un montón de puntos formando un patrón de… de… ¿Una hoja?

-¿Podrías apurarte inútil?- Me interrumpió mi hermana con su habitual forma “cariñosa” de dirigirse a mi persona.

-Ya voy, no quiero que el platón te caiga en la cabezota.


Le entregué el platón y fui a hacerme cargo de otras cosas. No entiendo todavía cómo siempre pasa lo mismo, mis hermanos organizan, mi madre llora y yo termino haciéndolo todo: recibir a los dolientes, ir a comprar los bocadillos, preparar el café, arreglar la casa, pagar el funeral. ¿En qué momento es que estos me engatusan para que termine siendo el banco familiar? Ya decía que no vienen a hacer todo el fandango a mi casa porque sí, a veces siento que es lo único que necesitan de mí, el dinero y mi capacidad multitarea. 

Igual en eso se me hubiera ido toda la noche, en pensar cómo es que me usan y me desechan con tanta facilidad, si no fuera porque la maldita marca en el polvo no dejaba de molestarme. Estaba segura que conocía ese patrón de alguna parte. No era la primera vez que lo veía. Y luego el asunto de cómo había ido a dar ahí. Es decir, no se hacen marcas en el polvo al azar, no había goteras, ni ventanas, nada que hubiera podido dejar esas huellas.

Fue cuando me entró la obsesión. Quizá porque la casa estaba llena de personas por las que no sentía nada en absoluto, a lo mejor porque comenzaba a sentirme asfixiada y sabía que el tormento no terminaría pronto. O fue simplemente que mi obsesión le ganó a todo viso de prudencia en mi persona. El chiste es que comencé a buscar por todos lados el patrón que acababa de observar en la parte superior de mi alacena, allí donde se supone que sólo puede existir polvo.

Me encaramé de nuevo en la escalera para revisar centímetro a centímetro el dichoso mueble organizador de trastes, pero no encontré nada. Lo hice con mucho cuidado, pues no quería borrar la marca encontrada. Luego fui a las recámaras, siempre escalera en mano, buscando en las partes altas donde estaba segura que tenía meses que no había sacudido ni por equivocación. Nada en la primera, nada en la segunda. Fui a la tercera que me servía de biblioteca. Y allí, justo arriba de mis adorados libros (lo único en la casa que siempre está libre de polvo), en la parte más alta de mis cuatro libreros, estaban las mismas marcas que acababa de encontrar en mi hornacina.

El patrón era constante, una línea de tres puntos en el medio, dispuesta en diagonal, con otros cuatro puntos en línea curva flanqueando ambos lados. Comencé a medir el diámetro de los puntos, no más de un milímetro. Definitivamente no podían ser dedos y seguía sintiendo que conocía ese patrón de alguna parte. 

Decidí que no era normal, que lo que sea que estaba dejando esas marcas por toda mi casa no era normal, no podía serlo. Si fuera al menos un poco condescendiente me inclinaría a pensar en mi padre muerto. Pero ni mi padre perdería el tiempo así, ni estaría dispuesta a creer semejante cosa. Con que hubiera existido una vez en el mundo era suficiente, no podía, no quería imaginar que una persona como él podía seguir por allí deambulando como espíritu o energía. Qué horror.

Además, esto era muy sutil y mi padre era el maestro de lo burdo. No, esto, si acaso era producto humano, tenía todas las características de estar hecho por alguien de espíritu exquisito. Más afín a mi persona. Las marcas habían sido dispuestas en lugares específicos, no en cualquier parte. Estaban en mi cocina y en mis libros.

Un momento, me detuve a pensar. La primera marca estaba junto al platón. Siempre amé ese platón. No sólo por su tamaño, sino por el fino detalle de sus orlas, era un trabajo artístico del siglo XVIII en plata pura. El platón en sí era grande, pesado, hondo. Tenía alrededor una filigrana entrelazada formando una especie de raíz de singular simetría. Había formado parte de toda una vajilla que terminó empeñada para pagar el tren de vida que mis padres y hermanos tenían. Lo único que pude salvar fue ese platón.

Una historia de generaciones había quedado condensada en ese simple utensilio de cocina. Mi abuela se hubiera vuelto a morir de saber dónde terminó el regalo de bodas que le dio a mi madre. Esa vajilla había pasado de generación en generación durante siglos. Hasta que cayó en manos de un montón de dilapidadores de fortunas.

Lo había salvado porque era para mí una especie de conexión con mis ancestros, como un amuleto o mantra. Así que algo tenía que significar que la primera marca en el polvo estuviera justo allí, junto al platón, como señalando algo.

Las siguientes marcas aparecieron en mi biblioteca, los tres grandes libreros eran también una herencia, como lo era toda la casa. Algo que mi familia jamás me había perdonado. Cuando mi abuela murió, todos pensaron que heredarían algo de la fortuna familiar que jamás pasó a manos de mi madre –a pesar de ser hija única–, mis abuelos nunca confiaron en mi padre y fue lo mejor en realidad. Así que cuando mi abuela me nombró única heredera de todas sus posesiones, nadie me lo perdonó.


He pasado gran parte de mi vida cuidando la herencia de mi abuela, no por el dinero en sí mismo que a veces pareciera que se cuida solo, pues los negocios siempre van muy bien; sino por el legado que significa. La casa de los abuelos era una vieja mansión señorial en la que ahora pasaba la mayor parte de mi tiempo, los muebles –casi todos verdaderas reliquias–, las pinturas, los libros, todo hablaba de arte, mis ancestros fueron grandes mecenas de diversos artistas que terminaron siendo famosos. Las historias que todo ello encerraba, eso era lo que amaba a diferencia de mi familia, cuyo único sueño era seguir llevando vida de mirreyes sin preocupaciones, cosa que cada vez les resultaba más difícil pues los negocios de mi padre fallaban uno tras otro.

Sinceramente, ahora me preguntaba cómo comenzarían a chantajearme para que los ayudara a salir de sus constantes deudas. Tendría que escudarme tras mis abogados, como lo hacía invariablemente, porque a mí siempre lograban convencerme.

Ay, las preocupaciones de este mundo persistentemente lograban distraerme de mis ensoñaciones fantasiosas. Pero las marcas en el polvo lograban hacerme volver a pensar en ellas. Estar sobre los libreros,  del siglo XV, divinamente tallados, incluso rematados con gárgolas los dos laterales, no podía ser una coincidencia simple. Tenía que significar algo. Esos libreros los hice traer a mi casa   –no vivía en la mansión de los abuelos pues la había convertido en museo y centro de arte–, sólo para admirarlos, para poder guardar en ellos mis libros y que éstos olieran a viejo, a preciada antigüedad, a historia por descubrir.

Me quedé sentada en mi diván de lectura imaginando que las huellas las había hecho un hada del bosque o, mejor aún, un ángel extraviado y cautivado por mi belleza. Afuera todo seguía desarrollándose de acuerdo al guión social aceptado. Mi madre escondida tras las gafas oscuras y con rictus de dolor. Mis hermanos con el gesto serio y mi hermana con los ojos llorosos como si la pérdida de nuestro padre significara para ellos algo verdaderamente importante. No quise salir, todos lo interpretaron como muestra de dolor. Bien por ellos, sería muy difícil explicarles que, en realidad, me tenía sin cuidado. 

Por otra parte, mis elucubraciones comenzaron a llevarme por derroteros cada vez más extraordinarios. Ahora estaba luchando por salvar al mundo de una terrible secta que conspiraba para aniquilarlo y las marcas en el polvo eran la clave para ello. Después pasé a vivir una tórrida historia de amor con el espíritu de un bello caballero atrapado entre la madera de mis libreros por la maldición de una bruja malvada, las marcas en el polvo me ayudarían a descifrar el hechizo que se necesitaba para liberarlo. 

Seguí así por horas, hasta que un toque en mi puerta me distrajo de mis fantasías.

–Entre – dije sin mucha convicción.

–Disculpe la intromisión señorita, pero los invitados la esperan – dijo una voz totalmente desconocida para mí. Volví a ver a mi interlocutor. Seguro seguía soñando, era un tipo alto, ya entrado en años, que vestía una levita, calculé de mediados del siglo XIX, y que parecía concederme todo tipo de deferencias. Debió haber notado mi cara de pasmada porque inmediatamente me preguntó:

–¿La señorita se siente indispuesta? ¿Desea que la excuse con sus invitados? –, me pareció lo más razonable del mundo, porque comenzaba a dudar de mi cordura y no quería hacer el ridículo delante de quién sabe qué personas. Así que me limité a asentir y mover displicentemente la mano para indicarle a “Largo” (mi influencia televisiva me traicionaba) que se podía retirar.

Decidí pellizcarme, porque la intromisión del anterior personaje me sobresaltó y pensé que seguro estaba dormida, pero no, el pellizco me dolió y no me hizo despertarme. Me asomé a la ventana y afuera estaban los autos de los familiares y amigos que acompañaban el velorio, y gente de negro que iba y venía. ¿Me habría imaginado al tipo éste?


Salí de la biblioteca con el objetivo de despejar mi cabecita loca. Pero me arrepentí en el acto. Nada más poner un pie fuera significó una avalancha de “lo siento” bastante hipócrita pero muy bien fingida. Mi aturdimiento era notorio, pero todo el mundo lo achacaba a la “difícil situación” que estaba enfrentando. Seguí caminado hasta lograr llegar al jardín trasero. 

Ahí fue cuando la vi de nuevo. La misma marca que había visto en el polvo. Con razón se me hacía conocida. Antes de explicar lo que significaba debo aclarar que si bien, no vivía en la mansión de mis abuelos, sí lo hacía en la pequeña casa adjunta, que en otros tiempos había sido destinada a la servidumbre. Estar cerca me permitía administrar el museo en que había convertido la mansión de una manera más efectiva, estar al tanto de cualquier detalle y vivir holgadamente.

Pues bien, mi casa se conectaba con la mansión de dos maneras, por la amplia avenida principal, que era por donde generalmente caminaba, o bien, por el jardín trasero que iba a dar, precisamente al invernadero de la mansión que estaba junto a lo que antes fuera la cocina. Nunca usaba esa entrada porque estaba cercada y la única manera de entrar era a través de la reja, eternamente cerrada con uno de esos candados viejos y herrumbrosos.

La marca que había visto constantemente en todos esos lugares polvosos de mi casa era del candado que cerraba la verja. Por eso se me hacía tan conocido. Había pasado días enteros de mi niñez observando ese candado, pensando en las mil posibilidades que podían existir si lograba abrirlo. Pero la llave estaba perdida y abrirlo habría significado romperlo. Jamás haría tal cosa.

Caminé hasta el candado y comencé a acariciarlo pensando distraídamente en lo que podía significar que su huella estuviera por toda mi casa. Sin pensarlo siquiera me llevé la mano al bolsillo de mi amplia falda. El ademán hizo que me estremeciera y soltara el candado de golpe. No llevaba falda, no usaba nunca semejante prenda de ropa. Me hacía sentir vulnerable, sólo vestía pantalones. Justo en ese momento llevaba uno de vestir negro que hacía juego perfecto con la blusa plateada y el saco negro también. 

Confundida voltee a verme y efectivamente llevaba mi traje negro con blusa plata. Al observarme de abajo a arriba vi mi mano, aferraba algo pequeño y frío. Lentamente, como si me fuera una mano totalmente ajena la abrí. Allí, en mi palma refulgía una llave curiosa por lo delgada que era. El siguiente acto fue totalmente lógico dadas las circunstancias. Introduje la llave y abrí la verja.


Atravesar el portal fue entrar a otro mundo, y no estoy usando lenguaje figurativo. Efectivamente entré a otro mundo. Ante mí estaba el invernadero lleno de flores y plantas –como hacía mucho que no estaba– y de la cocina salían muchachas con curiosos vestidos de otra época. Todas apuradas y gráciles, algunas con palanganas, otras con cestas en la cabeza. Me quedé por un momento observando el bucólico cuadro hasta que una voz gruesa me gritó:

–¡Isaura! ¿Dónde te habías metido? Ven conmigo ahora mismo –. Me sobresalte y respondí bastante sorprendida de lo que decía –Ahora mismo voy madre.

Jamás le había hablado así a nadie, ni siquiera a mi madre, a ella siempre le dije por su nombre. Y esta mujer me era por completo desconocida y mi nombre no era Isaura, pero el tono de su voz fue perentorio, por lo que la seguí de manera apremiante. Sólo que al dar los primeros pasos mis pies tropezaron con mi falda larga y estorbosa y terminé en el suelo.

–Pero qué torpe te has vuelto. Levántate ahora mismo y ve a cambiarte. No te has dignado presentarte en la fiesta en todo el día ¡Y es en tu honor! Semejante descortesía no podía esperarla de una hija mía. Así que deja ya los pretextos de tu indisposición, arréglate y ve siquiera a agradecer a los invitados que se hayan tomado la molestia de venir a presentarte sus respetos.

–Sí madre– repetí mientras una de las muchachas me ayudaba a levantarme y prácticamente me arrastraba dentro de la casa. Me llevó a lo largo de pasillos ocultos de la vista de los invitados hasta lo que supuse era mi recámara. Una vez allí procedió a desvestirme junto con otras chicas. Me limpiaron con paños húmedos, me pusieron mil trapos encima, peinaron elaboradamente mi pelo y polvearon con algo perfumado mi cuello. Todo en cuestión de minutos. Luego, siempre sin mirarme a los ojos me indicaron que estaba lista. Agradecí con una sonrisa y la misma mujer que me había llevado hasta la recámara corrió a llevarme ahora al salón.

Nunca había presenciado tal derroche de elegancia, hasta un tanto exagerada para mi gusto simple y sencillo. Apenas me aparecí en el salón y todos comenzaron a aplaudir hasta que sonreí inclinando la cabeza. Luego comenzaron a aturdirme, tal como habían hecho los dolientes en el funeral de mi padre. Sólo que aquí me dedicaban toda clase de parabienes, igual de fingidos que los sentidos pésames que había recibido apenas unos momentos antes.

Debo decir que me era mucho más fácil estar en la fiesta que en el velorio, quizá porque aquí no estaba fingiendo la felicidad que mostraba. Me hallaba desconcertada del giro que habían tomado los acontecimientos, pero sin duda estaba feliz. Todo era nuevo, desconocido y agradable. Todos me trataban con delicada deferencia, algo que no había conocido jamás en mi vida de rica heredera, en la que, aunque muchos me obedecían, en realidad todos me despreciaban. Nadie consideraba que tuviera ni la capacidad ni la gracia necesaria para sustituir a mi abuela.

Aquí todo era diferente. Incluso mi manera de comportarme y moverme era distinta, con una elegancia natural que salía de no sé dónde. Todos mis movimientos eran automáticos, respuestas a estímulos aprendidos e interiorizados hasta el cansancio, hasta hacerlos parecer espontáneos y gráciles cuando en realidad eran calculados y fríos. Estuve un buen rato en la fiesta dando gusto a los invitados y a mi madre que me observaba desde lejos con una sonrisa perfecta. Después me excusé y me retiré a mis habitaciones.

Al menos eso dije, pero en realidad volví a la cocina y de allí a la dichosa verja. En todo el tiempo no había perdido la llave que llevaba conmigo como valioso tesoro. El candado volvía a estar cerrado a pesar de que estaba segura que lo había dejado abierto, así que de nuevo lo abrí y atravesé al otro lado.

La magia se repitió a la inversa. Estaba de nuevo en mi frío e insensible mundo, extrañando de pronto mi amplia y hermosa falda plisada que había sido del gusto de todos mis invitados. Debí haberme ausentado bastante porque ya estaba oscuro y la casa se oía silenciosamente sola. Agradecí por eso.

Me sentía cansada después de un extraño día, sólo quería ducharme y tirarme a dormir en mi rica y mullida cama. En la cocina las amigas de mi madre estaban recogiéndolo todo. Llegué justo a tiempo para evitar que lavaran mi hermoso platón con una fibra metálica. Habrase visto semejante estupidez, hubieran echado a perder por completo su brillo pulido con esmero. Con una sonrisa agradecí sus atenciones e hice que se largaran al instante. Quería estar sola.

Había algo que no dejaba de darme vueltas en la cabeza, subí a mi recámara y corrí a buscar las cajas que guardaba con fotografías y daguerrotipos de la familia, eran de 1852. Busqué con ansia perentoria, casi inhumana entre las cubiertas plásticas que los protegían de cualquier daño y, por fin, en un daguerrotipo amarillento por el tiempo la encontré: una foto de la abuela de mi abuela el día de su boda. ¡Era ella!, bueno, yo … era Isaura enfundada en el vestido de novia más hermoso que he visto y con el rostro más triste del mundo. Un hombre maduro y de semblante hosco estaba a su lado, el abuelo de mi abuela. 


La impresión me dejó cavilando el resto de la noche, serían aproximadamente las tres de la mañana cuando el sueño me venció. No recuerdo qué soñé exactamente, pero hay algo que ha quedado desde entonces en mi memoria, una voz y una frase que me persigue y me obliga a ser feliz, a no dejarme derrotar por la estupidez familiar, a imponer mi voluntad sobre la de aquellos que sólo desean mi dinero. Es la voz de Isaura repitiendo constantemente “nunca te permitas convertirte en una marca más en el polvo”.