viernes, 15 de abril de 2016

El vestido de flores

Escrito en 1997

I
¿Cómo poder explicar lo que aun no entiendo cómo sucedió?, esa pregunta ha rondado mi cabeza por mucho tiempo, más del que cualquiera podría soportar. Veo a mi pequeña Isabela jugando y me recuerdo a mi misma hace tanto tiempo, jugando así, sin preocuparme de nada y con la tía Ela observando desde lejos, tal como yo lo hago ahora.
            La tía Ela...inolvidable, incomprendida, misteriosa. Nadie sabía cuántos años tenía, todos teníamos la impresión de haberla conocido de niños y haber crecido a su lado. La habían conocido nuestros padres y los padres de nuestros padres y los de estos y así hasta no se cuántas generaciones atrás....suena raro, ¿no?. Mi madre decía que era exageración de tía Ela, que lo que pasaba era que ella misma no sabía su edad, porque en los tiempos en que nació no se tenía la costumbre de registrar a los pequeños, ni de celebrarles su cumpleaños, por lo que ella no tenía idea de cuando cumplía años ni de cuantos tenía. Sonaba lógico...pero no, en realidad Ela siempre guardó un secreto que sólo me reveló a mi, su sobrina consentida; revelación maravillosa y amarga maldición que he compartido en silencio desde entonces, y pensar que alguna vez....-¡Tía Ela, tía Ela!- la voz de la pequeña Isabela me distrae de mis pensamientos -¿qué sucede querida?
- ¡Ayúdame tía Ela!, no dejes que mis flores se mueran.
- Pero pequeña, las has arrancado ya, si quieres que no mueran déjalas en el tallo.
- De todas formas se mueren tía Ela.
- Lo sé chiquita, ven acá - y al decir esto la senté en mis piernas - la hermosura de las flores radica precisamente en su fugacidad. ¿Sabes por qué la vida es bella? -y sus lindos ojos se agrandaron indicándome que no tenía la menor idea- pues porque es pequeña. Cierra los ojos. Ahora, imagínate que el mundo es un cuarto pintado de mil colores distintos, en una armonía perfecta, sólo que ese cuarto está a oscuras, ¿ves el cuarto pequeña?
- Sí tía - respondió.
- ¿Ves la oscuridad?
- Mmj
- Bueno, pues cada ser que nace -sea hombre, animal o planta- es un chispazo que ilumina esa oscuridad. Mira, algunos chispazos son más largos que otros, pero indudablemente entre todos ayudan a crear un efecto mágico, de alegría, sobre las paredes del cuarto, ¿pero dime, qué sucedería si uno de esos chispazos se convirtiera en llamarada que iluminara la habitación por completo?
- Pues se va la oscuridad
- ¿Y qué más?, dime ¿qué falta pequeña?
- ¡Las chispitas! ¡no veo las otras chispitas!
- Se han ido ya, la llama se ha quedado sola, en un cuarto iluminado de bellos colores, pero sola. ¿Te gustaría que tus flores se quedarán solas?
- No tía.
- Pues entonces déjalas vivir y morir, déjalas continuar su ciclo, no quieras detener a la luz.
La niña abrió los ojos y volvió la cara hacia Isabela al tiempo que preguntaba -¿por qué lloras tía?
- Lloro porque hace mucho tiempo detuve la luz y la volví soledad.
- No entiendo.
- No importa, no me hagas caso -dijo Ela al tiempo que se limpiaba las lágrimas y cambiando de tono comentó - mejor dime ¿para qué querías tantas flores?
- Pues para hacerme un vestido.
- ¿Un vestido?
- Sí, mi mamá dice que cada año el hada primavera llega envuelta en su vestido de flores y va sembrando colores llenos de amor y esperanza, y hace al mundo más cálido y hermoso con la magia de su fe. Y yo tía, quiero tener un vestido como el de ella para poder ayudarla a hacer un mundo hermoso.
- Lindos pensamientos, pero eso no es posible, la primavera puede lograr mantener su vestido porque es un hada y tiene magia, pero nosotros sólo somos humanos.
- Pero tía, yo he visto salir la magia de tus manos.
- ¿Qué fantasías estás inventado?
- No son mentiras tía, te vi hacer magia con el niño de Panchita y con el esposo de tía Susi y con mi mamá, por eso quería que hicieras magia con mis flores para que no se murieran nunca.
- Para que no se murieran nunca - repetí entre dientes arrastrando las palabras- mi amor, ¡que idea maravillosa me has dado! - y la besé -. ¿Sabes algo?, te prometo una cosa, el día que cumplas tus quince años tendrás el vestido de flores más hermoso que jamás hayas visto.
- ¡¿En serio tía?!.
- ¡Claro que sí!, de mi cuenta corre y ahora vámonos, que tu madre ha de estar preocupada porque ya pasan de las cuatro de la tarde, anda ¡vamos!

Y tomando a su sobrina de la mano se alejaron, como el tiempo, que pasó en el deshojar de una flor. El tiempo no pasó en vano, la pequeña Isabela tiene ahora quince años y está más hermosa que nunca, ha crecido mucho y se ha acentuado su belleza y gracia. Su tía Ela la contempla, no ha cambiando nada desde entonces, sigue siendo una señora madura de edad indescifrable, con una tristeza infinita reflejada en sus grandes ojos, la soledad acompaña cada una de las líneas de su rostro, desciende por su cuerpo, juega en su vientre y vuelve a subir con un ímpetu que revuelve sus cabellos, el viento sopla suave y frío. Ela lo sabe: hoy por fin, dejará la soledad.
            Deja de lado sus sueños y sus dedos se afanan terminando los últimos detalles de un precioso vestido, hoy será la fiesta de su sobrina y, fiel a su promesa, Ela ha confeccionado un lindo vestido de flores naturales, nadie sabe como lo ha logrado, pero es maravilloso ver la mezcla de rosas, nardos, dalias, azucenas y un precioso tocado de orquídeas que remata el conjunto. Isabela está feliz, tendrá el vestido más hermoso que nadie haya tenido en su vida.
Ela termina  el vestido y  toma un  sobre  que  está  junto  a  ella.  Llama a  su  sobrina  y  le dice:
- Pequeña, hoy es el gran día, quiero que me prometas que lucirás radiante y hermosa, y que terminando la fiesta guardarás este vestido en algún lugar oscuro, lejos de cualquier persona o mirada.
- ¿Por qué tía? El vestido es digno de admirarse y..
- Harás lo que te digo, ahora adiós.
- Te vas tía, ¿por qué, adonde?
- A un viaje que he deseado hacer desde hace mucho tiempo...no me repliques nada, lamento mucho decirte que no podré estar en tu fiesta, sin embargo estaré contigo. En tu cuarto encontrarás el vestido que te prometí y una carta. Esa carta sólo la leerás tú, después de tu fiesta y acto seguido te desharás de ella y del vestido. Promételo.
- Pero tía, mira, mejor ...
- Mejor nada, promételo
- Está bien, te lo prometo.
- Gracias sobrina, y ahora vete que todavía tienes que peinarte, maquillarte, recoger tu ramo, tus zapatillas, anda vete ya que te falta mucho por hacer. Yo, mientras, voy a terminar el vestido y adiós, porque me voy a ir antes que regreses. Anda, no pongas esa cara, dame un beso y sonríe, que hoy es día para estar plenamente dichosos.

E Isabela besó a su tía y se fue sin terminar de entenderla. Ela la vió marchar y se recordó a sí misma de nuevo, sonrió para sus adentros y pensó -sólo que a tí no te permitiré cometer mi mismo error- y acto seguido terminó los últimos detalles del vestido. Lo llevó con sumo cuidado al cuarto de su sobrina, puso la carta en la pequeña cómoda de caoba negra, colocó el vestido -que empezaba a marchitarse- sobre la cama e imponiendo sus manos susurró - hermoso vestido de flores te regalo la maldición de vivir por siempre, a tí no te hará daño, permíteme morir en paz haciendo feliz a mi niña -.
Apenas había terminado de decir estás palabras, cuando todo lo iluminó una intensa luz, las flores revivieron como por arte de magia, para ya nunca perder su lozanía, y Ela -Isabela mejor dicho-, fue disolviéndose lentamente, como el aroma de las flores, en el viento.

II

Cuando la joven Isabela volvió, encontró en su cuarto el vestido y la carta, quiso leerla en ese momento, pero el tiempo apremiaba, apenas y tenía el suficiente para ponerse el vestido y las zapatillas y bajar corriendo para irse a su misa. Así que guardo la carta para más tarde.
            Fue una fiesta hermosa, digna de otro relato. Indudablemente la estrella de ese día fue el vestido, nadie lograba comprender quién lo había hecho, ni como podían mantenerlo sin que se marchitara. El día transcurrió vertiginosamente y terminó antes de que Isabela se diera cuenta de lo que había vivido.
            Al caer la noche subió a su cuarto, tomó la carta y bajó al jardín. Se sentó en un columpio y, bajo la luz de la luna, inició la lectura de una confesión tan sorprendente como triste, la vida de su tía Ela estaba narrada ahí:

 Querida sobrina:
                         Tal vez te parezca extraño que no haya estado en tu fiesta, pero existe una razón muy poderosa. ¿Sabes? hace mucho tiempo también tuve quince años, mi nombre también era Isabela y tenía una tía Ela de la que nadie sabía tu edad. Hoy te regalo la dicha retenida en un vestido, pero hace 200 años, yo misma me regalé la soledad.
         Pero empecemos desde el principio, yo nací el 28 de octubre de 1774, a la fecha de hoy tengo 204 años. Se lo que estarás pensando, que estoy loca, que nunca aparenté más de 50, pero pregúntale a tu madre, a tu abuelo, pregúntales si me recuerdan de niños, te dirán que sí, que me recuerdan igual como sigo hasta ahora. Soy la heredera voluntaria de una maldición.
         Como te dije líneas arriba, también tuve una tía Ela, esta tía tenía la peculiaridad de que existía desde hacía mucho tiempo, más de 300 años, había visto y convivido con varias generaciones de nuestra familia, ella -al igual que yo- también podía curar a los demás imponiendo sus manos y ¿sabes por qué?, porque tenía el defecto de no poder morir jamás.
         Te voy a contar su historia, ella tenía 20 años y estaba a punto de casarse. Faltaban dos días para la boda, cuando ella y su novio, junto con la familia de ella por supuesto, salieron a un paseo. Ella siempre fue muy buena amazona y retó a su novio a una competencia, salieron al galope a campo traviesa, reían contentos. Se amaban, cosa que en ese tiempo era una suerte, a pesar de que su matrimonio estaba arreglado desde antes de nacer.
         Entonces llegó la desgracia, en la loca carrera el caballo de él metió la pata en un hoyo, al caer bruscamente su jinete salió disparado, con tan mala suerte, que fue a estrellar su cabeza en una piedra. Isabela -que así se llamaba también mi tía- frenó su caballo, bajó de él y corrió al lado de su futuro esposo.
         Estaba muerto, en ese momento ella lloró amargamente e imploró a los cielos, con tanta fuerza y desesperación, que conmovió a Dios, Él le habló y le dijo -no sufras hijas, algún día lo alcanzarás en mi reino-
- No quiero alcanzarlo algún día, quiero tenerlo ahora, por favor, compadécete de mí, permíteme que viva a mi lado, quiero casarme, tener hijos, nietos, quiero tenerlo a mi lado, por favor.
- No es posible hija, no puedo hacer milagros particulares, sin embargo si tienes la fe suficiente...
- Tengo toda la necesaria, es más te ofrezco lo que desees a cambio, te ofrezco...te ofrezco vivir para siempre, si me lo devuelves te ofrezco no morir jamás y vivir cada día dándote gracias y enalteciendo tu nombre. Pero devuélvemelo, por favor.
- Sufrirás mucho...
- No puede ser peor de lo que sufro ahora, ¡por favor!
- Esta bien... ahí lo tienes, pero recuerda, de la vida no puedes deshacerte a menos que la regales… por completo a alguien más.
Su novio vivió, Ela se casó, tuvo hijos, nietos y al cabo de mucho tiempo su esposo murió pacíficamente. Para entonces ella tenía la sabiduría que da la edad y ya no sufrió tanto como la primera vez. Espero su muerte pacíficamente sólo que...nunca llegó. Tía Ela pagó muy caro no haber pensado las consecuencias de su promesa. Quiso detener la luz y la volvió soledad (se que ahora si comprendes lo que quiero decirte sobrina).
         Así pasó el tiempo, vio morir a sus hijos, a sus nietos, a los hijos de sus nietos y a los nietos de éstos. Se quedó sola iluminando un cuarto colorido. Ela sabía que la única manera de morir era regalándole la inmortalidad a alguien más, pero no era capaz de donarle a nadie esa desesperante angustia de ver pasar el tiempo y saber que terminará para todos, menos para ella. Sin embargo encontró solaz al descubrir que podía ayudar a los demás, si ella se concentraba lo suficiente, podía donar un poco de su vida a los enfermos, sanándolos, a veces, por completo. Lo hacía con cuidado, en esos tiempos la Inquisición estaba de moda.
         El tiempo transcurrió inexorable y un día nací yo. Me pusieron Isabela, igual que ella y que tú. Pronto me convertí en su sobrina favorita, pasábamos juntas mucho tiempo. Me quería mucho. Crecí y el día que cumplí mis quince años, tía Ela me regaló la fiesta más lujosa que te puedas imaginar, la más alta sociedad de aquellos tiempos se dio cita ahí. Ese mismo día caí enferma. Los doctores no dieron esperanzas, tenía una rara enfermedad de la sangre -que ahora se que era Leucemia- ‘Es incurable’ decían los médicos, ‘no hay remedio’, pero tía Ela se rebeló ante esa idea.
         Su niña, su pequeña niña -que tanto le recordaba a sí misma- no podía morir tan joven. Así que un día, desesperada de verme sufrir, habló conmigo y me contó la historia que ya te he relatado. No podía creerlo, pero tía Ela hablaba con una inmensa tristeza reflejada en el gran vacío de sus ojos, y le creí.
         -Tía Ela, ayúdame- le supliqué, no me dejes morir y tía Ela puso sus manos sobre mí y se concentró. En ese momento comencé a sentir como una energía cálida cubría mi cuerpo, deseé vivir, vivir por mucho tiempo...para siempre. Tenía curiosidad de ver que deparaba el futuro, hasta donde llegaría la humanidad, quería vivir...Tomé fuertemente las manos de tía Ela entre las mías y no dejé que las separara, absorbí cada átomo de su vida, hasta que tía Ela se disolvió en el aire con el susurro de la paz en su corazón.
         Supongo que tía Ela descansó en paz, pero yo...Por mucho tiempo viví feliz. Me casé, tuve hijos; una vez mi esposo estuvo a punto de morir, pero no se lo permití. Quería vivir por siempre, pero no quería quedarme sola. Un día no estuve junto a mi esposo cuando la muerte lo sorprendió. Luego mis hijos, mis nietos y así fui quedándome sola .Hasta que naciste tú. Eras mi dicha, me recordabas tanto a mí cuando tenía tu edad. Te amé, y ese amor combinado con  tu  inocencia, al decirme aquella tarde de tu infancia que jugabas en el jardín: -no son mentiras tía, te ví hacer magia con el niño de Panchita y con el esposo de tía Susi y con mi mamá, por eso quería que hicieras magia con mis flores para que no se murieran nunca-, fueron lo que me salvaron. Tu deseabas unas flores que vivieran siempre para poder hacerte un vestido como el del hada Primavera. Yo deseaba dejar de ser llama y convertirme de nuevo en chispa fugaz, que se perdiera en la oscuridad para luego volver a brillar, deseaba no estar sola en un cuarto iluminado y no dañar a nadie regalándole la vida sin descanso. Así que esperé pacientemente hasta el día de hoy.
         Hoy terminé de confeccionar tu vestido, él nunca se marchitará, porque le he regalado la inmortalidad, así, cuando tu leas estas líneas yo ya me habré vuelto una fragancia solamente, disolviéndome en el aire.
         Antes de terminar te diré una última cosa: he tenido un sueño el día de ayer, en el veía que el vestido se marchitaba y yo volví a nacer. Por eso te pido que destruyas esta carta y guardes este vestido donde nadie pueda verlo, ni tú. No quiero que nadie se de cuenta que he vuelto.

                                                        Con amor
                        
                                                                        Ela.

Isabela dobló la carta y miró el vestido, ¿cuánto tiempo había pasado desde que leyera aquella carta por primera vez? Sumaban ya diez años. Ahora ella estaba casada y esperando un hijo. Esa carta y ese vestido le causaban una nostalgia infinita -¿Me pregunto si de verdad volverás un día tía Ela?- la voz de su marido la sacó de sus pensamientos -Ela, mi amor ¿dónde pongo todo esto?, si sigues leyendo cada papel que te encuentres no vamos a terminar de arreglar este cuarto nunca.
- Ya voy, es que me entretuve recordando mis quince años y viendo mi vestido.
- ¿Sabes algo amor? aún no entiendo como es que tu vestido se conserva fresco, como si las flores se hubieran cortado ayer.
- Es que me lo regaló un hada-. Y diciendo esto guardó la carta y el vestido en un baúl que puso en un rincón de su closet.
            Los meses volaron y al contar nueve con dos días, Ela tuvo su bebé. Dada su posición económica y los mimos de su marido, Ela se alivió en su casa rodeada de las mejores atenciones médicas. Tuvo una hermosa hija de largos cabellos, piel tersa y hermosos ojos grises que cerró casi al momento de nacer. El marido de Ela estaba a su lado tomando la mano de ella con todas sus fuerzas. Con voz  entrecortada anunció -se llamará Isabela, amor, como tú.
            Isabela sólo asintió y se dejó caer exhausta por el esfuerzo que significa traer un hijo al mundo. La bebé lanzó un vagido que demostró la salud y fuerza de sus pulmones, al mismo tiempo un delicioso perfume inundó la habitación. Junto al milagro del nacimiento, la muerte, dentro de un baúl olvidado en un oscuro rincón, marchitaba suavemente un delicado vestido que se disolvía en el aroma del aire. Fiel a su promesa, como siempre, Ela había vuelto.

miércoles, 6 de abril de 2016

Talión



Era un dolor sordo, de esos que ahogan hasta la esperanza. Llevaba así largo tiempo. Desde que la zozobra se apoderó de su mente con una sola llamada. 


Ella era sola, la vida lo había decidido así y lo agradecía. No le gustaba pertenecer ni poseer a nadie. Su madre había muerto cuando la tuvo. Su padre unos años después debido al alcohol. Luego a su abuela, que se había hecho cargo de ella, la venció la edad. Después vino una tía, la única que tenía, y que murió por un accidente. Cada muerte le había enseñado algo diferente. Ninguna le había dolido. Nunca tuvo tiempo para el dolor.


Por eso el dolor la sorprendió aquella noche.


Su vida había sido una constante pérdida. Pero jamás se sintió perdida. Era feliz. Estaba completa. Vivía en calma. Entonces vino la llamada.


La voz sonó distante y desesperada, le pedía, le suplicaba que la ayudara, la había llamado “mamá”.

Obvio colgó. Habría sido absurdo permanecer en el teléfono ante una clara extorsión estúpida. Ella no tenía hijas. No tenía a nadie. Ni siquiera mascotas. Amaba su soledad. Pero algo en ese llanto, a pesar de saberlo fingido; algo en esa súplica anhelante, había despertado en ella el dolor.


No lo supo en ese instante. En ese momento que colgó el teléfono sólo había sentido enojo. Pero conforme pasaron los días el dolor se fue instalando en ella. Se imaginaba madre y angustiada por una hija que no aparecía, que simplemente se había desvanecido en una inmensa nada. Entonces se ahogaba. Literalmente dejaba de respirar. Daba manotazos. Intentaba jalar aire fuertemente sin éxito. Se desmayaba.


Esos ataques fueron subiendo de intensidad. Y no podía dejar de sentir el dolor. Se había vuelto permanente y molesto, como ese tinnitus que da cuando sube la presión.


En cada rostro que veía en la calle sentía el miedo y la angustia. Luego venía la andanada de “Se busca”, “Perdido”, “Extraviada”, “Vista por última vez” que desfilaban por sus redes sociales sin poder detenerlos.


Y el dolor se hacía más intenso.


Ahora despertaba sollozando fuertemente, mientras desfilaban en su cabeza los fragmentos de la pesadilla: rostros y más rostros de madres angustiadas, de padres desesperados, de hijos e hijas abandonados. Rostros que perseguían, que gritaban con la misma voz del teléfono: “Mamá, ayúdame”. Rostros que se alejaban sin que ella pudiera alcanzarlos… hasta que despertaba llorando por quién ella no había perdido jamás.


Se había vuelto una antena receptora y el dolor de cada persona que cruzaba en su camino se le enquistaba en la sangre.


No sabía qué hacer con eso. Lo descubrió sin querer.


Ya casi no salía a la calle debido a sus ataques de ansiedad. Los medicamentos recetados por el doctor no le hacían efecto. Evitaba las multitudes, el metro, los microbuses. Y la ciudad de México era tan inmensa, tan llena de actividad, tan saturada de dolor, que prácticamente era imposible evadirlo. Por eso no salía a menos que fuera estrictamente necesario.


Ese día lo fue. Se habían terminado sus ansiolíticos. No se los llevaban a domicilio, así que tuvo que salir. En su camino se cruzó lo peor que podía pasarle: un político en campaña. Parecía chiste de mal gusto.


Trato de evadirlo, pero en ese momento el dolor la atacó con una fuerza inusitada. Se detuvo. Justo en ese momento el político se acercó. Sonrisa exacta, mano extendida, guaruras vigilantes. Y estrechó su mano. Las fotos comenzaron a tomarse. El dolor comenzó a irse. Lo miró a los ojos. La cara de él se descomponía. Era un rictus. Su cuerpo se encogió. Le costaba respirar. Ella no le soltó la mano hasta que los guaruras la alejaron.


El dolor se había ido.


Al día siguiente leyó en las noticias que el político en campaña había muerto de un infarto fulminante.


Entonces lo comprendió todo.


El dolor comenzaba a volver. Y ella decidió convertirse en una fiel asistente a mítines políticos. Siempre buscando la fila más cerca del candidato. Siempre lista para estrechar la mano... y posar para la foto.