No tiene nada que ver con Dios, pero sobrevivimos gracias a
su palabra, o a lo que en otros tiempos se consideraba su palabra. Hoy nada es
ya como los otros tiempos.
La primera señal de la destrucción llegó en la noche, cayó
como nieve sobre los árboles y las casas, los animales y las personas. Todo ser
vivo que tocó murió rápida, pero terriblemente. Murieron miles y miles esa
noche y las siguientes. Llovió fuego blanco durante casi una semana. Después
cesó igual que había iniciado. Pero ya el mundo era otro.
Después fueron los rayos, durante el día y durante la noche,
sin cesar, sin avisar sobre qué o quién caerían. Prácticamente nadie se
aventuraba afuera. Los trabajos quedaron interrumpidos, la vida entera se detuvo
y, entonces, llegó el terremoto más grande que jamás se hubiera sentido sobre
la Tierra. Y la abarcó toda y la consumió en minutos.
Después de eso los fenómenos cesaron. El terremoto tuvo
impacto global, pero no murieron todos. Algunos no tuvimos esa suerte. A partir
de allí se tuvo que reconfigurar todo. No había comunicaciones, ni celulares,
ni microondas, ni teléfonos, ni televisiones, ni internet. Nada que fuera
electrónico funcionaba. Los pocos que andábamos sin estar heridos nos fuimos
reuniendo. El hombre es un ser gregario después de todo.
Éramos apenas un puñado, en todas partes había heridos, pero
no a todos se les podía ayudar. Hicimos lo que pudimos. Al final quedamos unas
decenas de personas en un vasto territorio que alguna vez fue una ciudad.
Después caminaríamos y sabríamos que sólo quedaba destrucción.
Fue entonces que encontré el telégrafo. Había aprendido a
usarlo como mera curiosidad de museo. De esas habilidades que son rareza y que
se cultivan sólo para diferenciarse del resto. Pero ese fue el hilo que
reconectó a la humanidad. Eso y un libro, sin el cual jamás nos habríamos
entendido.
Comenzar a entender lo que había pasado, reorganizarnos y
recomenzar nos llevó meses enteros. Pudimos formar una pequeña comunidad y nos
preguntábamos si en otros lugares del mundo habría sobrevivientes. Todos los
días, a la misma hora, tecleaba un SOS esperando recibir respuesta. Sólo el
silencio seguía a mis incesantes intentos.
Un buen día alguien respondió. Otro SOS en respuesta. Luego
varias palabras que no tenían gran sentido para mí. ¡Con una chingada! Entre
tantas habilidades que cultivé nunca se me dieron los idiomas. Alguien dijo que
parecía francés. Parecía. Le respondí en español pero creo que del otro lado
les pasó lo mismo que a nosotros.
Al día siguiente ya eran tres señales más de vida, cada una
hablando en su propia lengua. Jamás me había sentido tan perdida. Tratamos con
el inglés pero no todos lo sabían. Logramos extraer algunas palabras aquí y
allá. Destrucción, muerte, desgracia, sobrevivientes. No era mucho, pero el
silencio era peor.
No estoy segura cómo fue que se nos ocurrió, creo que fue
por ella, la monja, que dijo algo sobre la Torre de Babel. Entonces dije a las
personas del otro lado del telégrafo: Biblia, Bible, Bibbia… Parece que me la
pescaron porque de pronto alguien dijo: Lc 1:4. Rápidamente busqué el texto y
el versículo correspondiente: “Para que conozcas la verdad de las cosas en las
cuales has sido enseñado”. Creo que todos hicieron algo parecido, porque
comenzaron a responder igual. Al principio la comunicación fue lenta. No es que
todos fuéramos conocedores de los textos. Pero con el tiempo aprendimos a
encontrar aquello que deseábamos transmitir. En algunos casos la comunicación
resultaba un tanto poética o críptica, pero ayudaba, nos entendíamos.
Al final sacamos en conclusión que el terremoto había sido
mundial, que éramos cuando mucho 10 mil sobrevivientes de los millones que
alguna vez poblaron la Tierra, al menos era ese número los que habíamos logrado
ponernos de acuerdo y comunicarnos y decirnos que no estábamos solos.
Consideramos que habría más sin acceso a un telégrafo. También concluimos que
varios animales habían sobrevivido y que seguramente la configuración de la
Tierra había cambiado mucho.
Por ejemplo, nosotros alguna vez vivimos en el centro de
México, ahora teníamos la playa a una hora caminando, más o menos. Los días se
sentían más cortos y calurosos, las noches largas y frías. De acuerdo a lo que
extrajimos de nuestras bíblicas conversaciones, el mar había subido en muchos
lugares, pero había suficiente tierra firme y muy probablemente los continentes
se habían movido.
Ponernos de acuerdo para iniciar un proceso de
reconstrucción global no fue fácil. Aunque iniciamos con muy buenos augurios.
“E Dio disse: Sia la luce! E la luce fu”.