lunes, 29 de febrero de 2016

Tendencia cero



Imagínala despierta, con esos ojos azul acero y su cabello negro ala de cuervo. 

Imagínala pálida y sudorosa, con las manos trémulas de viento. Ahora vela ir hacia la nada, hacia el abismo. Vela caer interminablemente. No hay expresión en el rostro. Podría sentir miedo, al menos sorpresa o indignación o tristeza o algo. Pero no. Ella cae como vive, con el rostro liso, sin una sola arruga que lo cruce. Con los ojos abiertos pero sin luz. Con la boca cerrada y los labios firmes. Podríamos imaginar una muñeca con más vida, una pintura tiene más alma que ella.

Pero no te dejes engañar por su apariencia. 


Observa... Mira bien todo su cuerpo. Sus brazos caen laxos a los costados y las piernas rectas no muestran temblor alguno. Una respiración rítmica invade su pecho. Su cuello es perfecto, sin nada que lo sobresalte. Sólo sus manos tiemblan, se cierran y se abren nerviosamente, se distienden, arrugan la ropa que tienen cerca. Pero no tienen relación alguna con todo su cuerpo. Como si se movieran solas, como si fueran algo aparte, muy aparte de sí misma. Lo cual, sin duda, resulta paradójico porque, verás, es lo único que aún le pertenece. Lo único que ha logrado mantener a salvo de esa maldición que la persigue entre los tiempos. De alguna forma se las arregló para esconder en ellas lo más preciado que tenía. Quizá por eso nunca están quietas.

Pero vamos, no seas tímido. Ha terminado de caer. Acércate. Nada de ella se moverá para impedirlo. Sus manos intentarán algo sin duda, pero sin ayuda de sus brazos son bastante inútiles. Eso sí, tómala con cuidado. Estas criaturas una vez que han llegado aquí se tornan frágiles y aplastadizas; si les dejas un moretón, alguna huella, no podremos exhibirla junto a las otras.

¡Pero espera! Pensándolo bien aún no la toques. No sé todavía donde ponerla.

Es a causa de sus manos ¿Sabes? Me molesta su excesiva movilidad, su calor inquieto, la pasión que todavía dejan translucir indefinidamente. Sus manos no pueden permanecer aquí, sería como una rebelión a la belleza estática de mi santuario.

¡No! ¡No te atreva a suponerlo! No pienso cortarlas. Arruinaría el conjunto. Sólo la Venus es bella mutilada, pero esta criatura perdería esa frágil aureola que tanto me encantó al conocerla. No. Debo encontrar otra respuesta. Esas manos, esas manos, menudo lío que me presentan. 


Déjala allí mientras, tardará al menos medio siglo en hundirse, tenemos tiempo.

¡Oh! Allí llega otra, acompáñame. Esa sí está totalmente muerta.